las nuevas organizaciones populares.-…..

24/julio/2017 Por Rafael Catalán Valdés

Fue en el periodo comprendido entre la segunda mitad de 1935 y principios de 1938 cuando el programa cardenista se desarrolló plenamente. El proceso histórico se aceleró. Por fin la reforma agraria se aplicó sistemáticamente y a fondo. Grandes áreas cultivadas pasaron de los terratenientes a los campesinos. El movimiento obrero creció al amparo del gobierno.  Este programa trajo como resultado un apoyo popular considerable que se canalizó a través de dos nuevas e importantes instituciones: La Confederación Nacional Campesina (CNC)  y la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM). La creación de la CNC puede verse en parte no solo como una forma de captar el apoyo campesino, sino también como un intento por evitar que el poder  de la CTM creciera mas allá de lo conveniente, pues originalmente ésta pretendió convertirse en central única de obreros y campesinos. Lo perdido por la CTM lo ganó el Presidente. Dado el hecho de que el ejército continuaba siendo un factor político  decisivo,  tanto la CTM como la CNC sirvieron para neutralizarlo.  Para ello, contaron con su organización sindical misma, e iniciaron la creación de milicias rurales y  obreras.  Ya en la ceremonia del día del ejército, en abril de 1938, Cárdenas había advertido la posibilidad de un movimiento militar en su contra.  El primero de mayo de ese año desfilaron (desarmados)  por las calles céntricas de la capital de la república  miles de miembros de las incipientes milicias de los trabajadores.  El Presidente pudo declarar entonces que si elementos reaccionarios intentaban una rebelión, las fuerzas irregulares les harían frente. En realidad, la preparación y armamento de estos grupos paramilitares  nunca llegó a compararse con las del ejército regular, pero si constituyeron una fuerza potencial que los  opositores de Cárdenas debieron de tomar en cuenta.

El apoyo a los obreros, la reforma agraria, la creación de las organizaciones populares, el énfasis en una educación de corte socialista basada en un materialismo histórico y otros elementos contribuyeron a dar por primera vez contenido a los “slogans” oficiales, que proclamaban como objetivo de la Revolución la construcción de una democracia de trabajadores.  Las metas se redefinieron: México debía evitar  los enormes costos sociales que acarrea la industrialización clásica. Su proceso de modernización se haría teniendo como base la creación de nuevas comunidades agrarias, más un complejo industrial descentralizado subordinado a aquellas y que de preferencia tomaría la forma de cooperativas. Exactamente  como se construiría y funcionaría este sistema nunca fue puesto en claro, y el plan mismo nunca llegó muy lejos. Las reformas que llegaron a ejecutarse desaparecieron o terminaron por ser aprovechadas por los regímenes posteriores para construir un sistema más acorde con los lineamientos del capitalismo ortodoxo.  Las posibilidades de éste  “socialismo mexicano”,  que pretendía constituirse en otra opción al capitalismo tradicional distinta del socialismo  soviético y del fascismo  fueron pocas.  Fuertes presiones internas y externas surgieron a partir de 1938 y terminaron por anular esa solución. Las presiones obligaron a Cárdenas a dar marcha atrás sin que los sectores populares, base de su régimen, pudieran percatarse de ello y menos aun oponerse, porque carecían de la independencia necesaria para ello. Las ganancias a corto plazo para los obreros y campesinos fueron muchas, pero se lograron más como concesión desde arriba que como producto de presiones y demandas de sus organizaciones, que por eso mismo no pretendieron actuar con independencia del poder ejecutivo. En 1938, cuando la política cardenista empezó a virar hacia una posición mas moderada, la participación de los grupos organizados  estaba ya mediatizada y controlada por el nuevo partido oficial:  El Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

Con la eliminación de Calles, el PNR dejó de ser un instrumento limitador de la fuerza del Presidente para convertirse en un gran apoyo. Pero dada la nueva relación entre masas y dirigentes, fue natural  que se transformara para adaptarse a esta nueva realidad. El sector obrero fue el primero en incorporarse  plenamente al partido; lo hizo en 1936 y bajo la dirección de la CTM. La idea original fue crear un frente popular, como existían ya en otros países, y de esta manera combatir tanto a la reacción interna como a la externa, es decir, al fascismo. El PNR sería parte de este frente en el que participarían todas las fuerzas progresistas. Pero en 1937 el Presidente hizo a un lado a este proyecto y propuso en cambio la disolución misma del PNR y la formación de un nuevo partido. En 1938, poco después de la expropiación petrolera, nació el PRM. El nuevo partido se organizó con una base semicorporativa, formada por los sectores en que oficialmente Cárdenas apoyaba su política: El obrero, compuesto por la CTM y otros sindicatos independientes;  el campesino, cuyo representante exclusivo fue el CNC; El sector popular, compuesto principal, aunque no exclusivamente, por los miembros del Sindicato de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE)  y el militar.  Quedó fuera el sector empresarial nacional, con quien se tenía un problema ideológico, pero al que nunca se le negó la posibilidad de organizarse y desempeñar un papel en el concierto nacional. Las organizaciones patronales, como las varias confederaciones industriales y comerciales, fueron declarados por ley  órganos de representación del sector empresarial ante los organismos oficiales, pero debían quedar fuera de la estructura partidaria, lo que a la larga las benefició, pues no tuvieron que someterse a su disciplina.

La inclusión del ejército en el partido tuvo por objetivo neutralizar a una importante corriente anticardenista, que estaba formándose en su interior. Dentro del partido, el ejército se encontraría unido a otros tres sectores cuya lealtad a Cárdenas estaba probada. La presencia del ejército dentro del partido, que en cierta medida legitimaba su notable actividad política, duró poco tiempo. Concluido el periodo cardenista, y con  él las posibilidades de un levantamiento  militar, este sector dejó de existir. En el futuro los militares interesados en actividades políticas solo podrían afiliarse individualmente al partido a través del sector popular. En la nueva organización partidaria, el nombramiento de candidatos quedó a cargo de cada sector. El número  de candidatos  asignados a cada uno dependería de una negociación entre ellos mismos. Una vez seleccionados, los candidatos recibirían el apoyo de todo el partido. A diferencia de los otros tres sectores, el militar no participaba en la elección de candidatos locales y estatales.

Hasta aquí por hoy, respetados lectores. El autor debe tomar en cuenta que estamos a inicios de las vacaciones de verano, y  que algunos, sino es que muchos, lectores, las disfrutaran y  descansarán. Por tanto, es probable que el número de ellos disminuya.  Disfrútenlas.    Mas que nunca, cuídense mucho.

 

EL CARDENISMO

21/julio/2017 Por Rafael Catalán Valdés

La creación del PNR no evitó las pugnas entre los miembros de la élite política al plantearse la sucesión presidencial, pero parecieron menos intensas.  La sucesión de Abelardo Rodríguez no fue excepción. Por una parte, el general Calles deseaba preservar el patrón establecido, o sea, impedir que la presidencia quedara en manos de uno de los miembros más influyentes  – e independientes –  del Ejército.  Por tanto, deseaba la designación de una figura relativamente secundaria, que evitara la aparición de tensiones entre los componentes de ese pequeño pero poderoso  grupo  militar  de cuyo consenso dependía el poder de Calles al preservar su papel de árbitro final. Por ello se ha dicho que Calles favoreció en un principio la candidatura del entonces presidente del PNR,  General Manuel Pérez Treviño. Parece que esta  decisión  encontró oposición  dentro de los cuadros intermedios del partido. Aparentemente, el grupo campesino, recién organizado en la Confederación  Campesina Mexicana (CCM) pudo ejercer suficiente presión para que Calles aceptara la nominación del General Lázaro  Cárdenas, que era precisamente uno de los cinco jefes militares más fuertes y que contaba con una cierta base de poder propia, tanto dentro del ejército como en Michoacán  y entre los grupos políticos  organizados.

El General Cárdenas se había unido a las fuerzas constitucionalistas  en Michoacán en 1913, cuando contaba con 18 años de edad.  A todo lo largo del tumultuoso periodo de los años 20, se mantuvo leal a Obregón y Calles y por ello fue nombrado jefe de operaciones en Veracruz y Michoacán, y posteriormente gobernador de este Estado.  Para 1930 se encontraba ya en el centro del poder al ser nombrado presidente del PNR y en 1933 ocupó la Secretaría de Guerra.  Al ser nombrado candidato del PNR en ese mismo año, Cárdenas tenía una reputación de hombre honesto y progresista, reputación que se había afianzado cuando, como gobernador de Michoacán y contraviniendo los deseos de Calles, había continuado con el reparto agrario. Al iniciarse la década de los 1930,  Cárdenas constituía  el ala de la élite militar en que se apoyaba Calles;  los generales Amaro y Almazán se encontraban en el otro extremo. La posición de Calles era mas cercana a la de Amaro y Almazán que a la de Cárdenas;  sin embargo, no llegó a interferir decisivamente en la política agraria que este siguió en su zona de influencia, Michoacán. Aunque la posición de Cárdenas al ser nombrado candidato del PNR era relativamente mas fuerte que la de sus antecesores, nada hacía prever la posibilidad de que se sacudiera la tutela de Calles.  De todas maneras, el “Jefe Máximo” ordenó en 1933 al presidente Abelardo Rodríguez preparar una plataforma política  -el llamado Plan Sexenal-  a cuyos lineamientos se tendría que sujetar su sucesor. El Plan se elaboró y se presentó posteriormente a una comisión  del partido para su adopción como programa oficial del mismo. La inquietud y descontento de ciertos elementos, en particular de los representantes campesinos  afloró entonces, y el proyecto fue sometido a una crítica severa. La comisión terminó por introducir modificaciones sustantivas, dándole un tono radical, de manera que el plan acabó por ser un instrumento que limitaba la libertad de maniobra de los elementos conservadores del partido, más que la de Cárdenas. En su campaña presidencial -que por su vigor contrastó con las anteriores, – Cárdenas se  ciñó a los lineamientos del plan.

La campaña presidencial y las elecciones se desarrollaron sin incidentes. La oposición fue poco importante ,  se mantuvo dentro del marco electoral, y se aglutinó  alrededor  del general Antonio Villarreal – representante de una corriente de izquierda , y del coronel Adalberto Tejeda, también a la izquierda del candidato oficial.  Cárdenas tuvo que aceptar a un gabinete en el que predominaban los elementos ligados a Calles.  Rodolfo Calles,  hijo del General, fue Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas;  la Secretaría de Guerra quedó en manos del General Pablo Quiroga, otro Callista, lo mismo que la de Hacienda con Narciso Bassols.  Otros elementos incondicionales de Calles fueron Aarón Sáenz, nombrado Jefe del Departamento del Distrito Federal,  Juan  de Dios Bojórquez, Secretario de Gobernación y el General Matías Ramos, presidente del PNR. En realidad, el único ministro que desde un principio se pudo considerar enteramente cardenista y que tenía una trayectoria muy notable como representante del ala radical, era el General Francisco J. Múgica, que ocupó la secretaría de Economía. Otros miembros del Gabinete que posteriormente se identificaron con Cárdenas fueron Ignacio García Tellez, Secretario de Educación  y Emilio Portes Gil, de Relaciones Exteriores.  Como era lógico, en los gobiernos estatales así como en el Congreso dominaba el Callismo.  A pesar de la difícil posición en que se encontraba, el Presidente empezó a tomar ciertas medidas políticas que contravenían las directrices Callistas. La más importante consistió en alentar a los grupos obreros que se encontraban en proceso de reorganización a hacer uso extensivo de la huelga para mejorar su posición. El movimiento obrero, en buena medida ya bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano, tomó rápidamente un carácter mas militante que antes.  El presidente también alentó a los grupos campesinos  organizados, que continuaban manifestando su insatisfacción con la liquidación de la Reforma Agraria propuesta por Calles.

Además de la agitación obrera  –que en 1935 alcanzó proporciones no conocidas hasta entonces, particularmente en la capital del país  — y en menor grado de la campesina, los elementos del círculo dirigente se encontraron molestos e intranquilos porque Cárdenas afectó directamente algunos intereses secundarios de varios de sus miembros mas conspicuos. Así, por ejemplo, Abelardo Rodríguez tuvo que aceptar la clausura de ciertos centros de juego que él controlaba; el general José María Tapia fue privado de jugosas concesiones  oficiales y Joaquín Amaro, en su calidad de Director de Educación Militar, fue censurado a raíz de una protesta hecha por algunos alumnos  de la Escuela Superior de Guerra. Al finalizar el mes de mayo de 1935 la situación llegó a un punto crítico. En una entrevista celebrada entre el General Calles y un grupo de legisladores encabezados por el senador Ezequiel Padilla, que todos los diarios publicaron el 11 de junio, el ” Jefe Máximo” se refirió al “maratón de radicalismo” por el que atravesaba el país, y lo atribuyó  a las ambiciones desmesuradas de los líderes obreros. Y aunque mencionó la vieja amistad que le unía con Cárdenas, a nadie escapó que la declaración constituía  una severa crítica al Presidente y que ponía a éste ante una disyuntiva: o eliminaba a Calles y a su grupo de la escena política, o renunciaba a toda pretensión de independencia. Mientras una verdadera caravana de líderes políticos se presentó ante Calles para expresarle su apoyo, el Presidente se decidió por el primer camino.  Para ello contó con la ayuda de las organizaciones obreras y campesinas, Vicente Lombardo  Toledano se lanzó abiertamente contra Calles y formó el Comité Nacional de Defensa Proletaria en apoyo de Cárdenas. E Presidente logró también que algunos personajes influyentes, como Cedillo y  Portes Gil, se unieran a él. En última instancia, la lealtad del ejército era el factor determinante y por eso Cárdenas actúo con rapidez y obtuvo el apoyo explícito de un grupo de los generales y jefes que se encontraban en varios puntos estratégicos. La prontitud con que Cárdenas contestó el reto que le lanzó Calles y su grupo fue decisiva. La crisis precipitada por las declaraciones de Calles  el dia 11 terminó cuando el 18 el “Jefe Maximo” tomó un  avión para Sinaloa, de donde partió mas tarde a Estados Unidos. Calles permaneció en Los Angeles pero en sepiembre, a pesar de los consejos de Abelardo Rodríguez,  decidió volver a México. Cárdenas se encontraba ya en completo dominio de la situación y no le permitió  llevar adelante sus planes para recuperar el poder. El antiguo caudillo, junto con Morones, no tardó en ser consignado ante la Procuraduría General acusado de estar preparando un movimiento armado  contra el gobierno. La investigación no llegó a efectuarse pero fue evidente para todos que el Maximato  había concluido.  En abril de 1936, y sin previo aviso,  Calles fue trasladado de su rancho Santa Bárbara  al puerto aereo y expulsado del país. Esta vez su salida fue definitiva.  A la crisis de 1935 siguió una amplia  reorganización del partido y del gobierno a fín de eliminar los callistas. El Gabinete fue reorganizado:  entre los cambios mas importantes  se encontraron el del Secretario de Guerra, cargo que recayó en el General Andrés Figueroa; Silvano Barba González fue nombrado Secretario de Gobernación;  Saturnino Cedillo de Agricultura  y el General Sánchez Tapia, de Economía. Emilio Portes Gil fue sustituido por el General Eduardo Hay en la Secretaría de Relaciones Exteriores y pasó a ocupar la presidencia del PNR. Múgica quedó en la Secretaría de Comunicaciones.

Entre el Secretario de Gobernación, el de Guerra y el Presidente  del Partido eliminaron a los elementos anticardenistas que se encontraban en la legislatura nacional y local, en los gobiernos estatales y en los diversos cuerpos del ejército. El general Amaro fue enteramente marginado, aunque no así Almazán, que continuo en servicio activo.  El dominio que por tres lustros había ejercido sobre la política nacional la “dinastía sonorense” había concluido a finales de 1935. Igualmente desapareció la dualidad de centros de poder inaugurada en 1929: El Presidente volvió a ser el verdadero eje del proceso político. La reforma agraria y el apoyo oficial a las demandas obreras se acentuaron. A cambio de este apoyo, los obreros y campesinos se afirmaron como la nueva base del gobierno cardenista.  La crisis política no concluyó con la salida de Calles:  algunos de los líderes que habían apoyado al presidente originalmente entraron en conflicto con él y fueron marginados. Tal fue el caso de Portes Gil,  que en su calidad de presidente del PNR no solo eliminó a los elementos callistas sino que pretendió hacer del partido una fuente propia del poder;  para agosto de 1936 se vio obligado a renunciar. La política agraria radical de Cárdenas terminó por producir el distanciamiento  de Saturnino Cedillo. Las propiedades agrícola de Cedillo  en San Luis Potosí eran importantes y el líder potosino no tenía interés en una reforma a fondo.  En agosto de 1937, a raíz de un conflicto entre Cedillo y los estudiantes de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, el Secretario de Agricultura abandonó el gabinete y no tardó en acercarse a otros elementos militares para intentar un golpe contra Cárdenas.  Cedillo contaba con una fuerza militar respetable, pero insuficiente.  A fines de 1937, el gobierno central retiró a Cedillo los aviones de combate estacionados en San Luis Potosí a la vez que estacionó tropas leales en el Estado. El siguiente paso fue ordenar a Cedillo que volviera al servicio activo y asumiera el mando de la zona militar  en Michoacán,  entidad Cardenista por excelencia.  Ante la disyuntiva de perder su base regional de poder o desafiar a Cárdenas prematuramente, Cedillo optó  por esto último.  El 15 de mayo de 1938, la legislatura de San Luis Potosí aprobó un decreto desconociendo al gobernó central. La resistencia fue inútil: en unas pocas semanas -y con un mínimo de violencia-  el núcleo de la fuerza cedillista había sido neutralizado por las fuerzas federales. Algunas bandas rebeldes se mantuvieron activas hasta principios  de 1939,  cuando Cedillo,  casi solo, encontró la muerte en un choque con un destacamento   federal que lo buscaba.

Hasta  aquí por hoy, estimados lectores.  Espero que estos pedazos de historia sean de interés para un buen número de mexicanos. En mi próximo artículo veremos las nuevas organizaciones populares, y la expropiación  petrolera.

Cuídense mucho.

LA GUERRA CRISTERA (2) EL ASESINATO DE ALVARO OBREGON…

19/julio/2017 Por Rafael Catalán Valdés

LA GUERRA CRISTERA  (2)

La  dirección militar del movimiento quedó en manos de un antiguo oficial federal,  Enrique  Gorostieta, hasta su muerte en junio de 1929. El programa del movimiento fue la llamada Constitución Cristera, con la que se pretendía reemplazar la de 1917, eliminando no solo las cláusulas anticlericales, sino la reforma agraria. La lucha se concentró principalmente en los estados de Jalisco, Guanajuato, Colima y Michoacán. Las fuerzas cristeras calculadas en 12 mil hombres  para 1927 eran 20 mil en 1929.  Las ofensivas cristeras nunca llegaron a constituir una verdadera amenaza para el gobierno pero la pacificación fue lenta e incompleta, y las arbitrariedades que las tropas del gobierno cometieron en esta campaña la hicieron mas difícil.

En 1928 Calles y los representantes del episcopado sostuvieron una serie de entrevistas, pero sin llegar a una solución definitiva. El asesinato de Obregón por un católico llevó a una suspensión de las negociaciones. Portes Gil reanudó los contactos en 1929 con la intervención del embajador norteamericano  Dwight Morrow. Como resultado, la Iglesia  accedió a reanudar los servicios religiosos así como la rendición del ejército cristero; por su parte, el gobierno, sin modificar sus disposiciones originales se comprometió a aplicarlas con un espíritu de conciliación. El domingo 30 de junio se abrieron formalmente las iglesias al culto regular. Sin embargo, habría de pasar aún una década más antes de que la violencia religiosa desapareciera por completo.

EL  ASESINATO DE OBREGÓN

A una escasa docena de años del triunfo de los constitucionalistas, los principales miembros de la élite dirigente  contaban  contaban ya con cuantiosas fortunas, producto de la corrupción y de las relaciones con el aparato estatal, situación que no les impidío  continuar presentándose como abanderados de los  intereses de los grupos populares. Lo escandaloso de la corrupción junto con el poco entusiasmo desplegado por el equipo gobernante para cumplir con las promesas de la Constitución de 1917, produjeron un gran excepticismo y desilusión acerca de la Revolución, como lo muestra no solo el movimiento cristero sino también el vasconcelista. José Vasconcelos, secretario de Educación con Obregón, rompió  lanzas con el grupo gobernante y en 1929 se presentó como candidato opositor con un programa no particularmente claro ni progresista, pero centró gran parte de su campaña en la denuncia del vacío moral en que vivía el grupo Callista. Su impacto fue modesto en el campo, pero en los centros urbanos fue importante y cautivó a una gran masa resentida por la actuación oficial. Vasconcelo dijo haber obtenido el triunfo electoral;  es difícil saber si ello fue cierto, pero careció de la fuerza militar para hacer respetar el supuesto triunfo, y no tuvo mas remedio que ir al exilio e insistir en considerarse el presidente electo.

El compromiso de Calles con el antiguo orden  fue muy visible a partir de 1928. Al fin  de ese año,  y tras una seria confrontación  con Estados Unidos, el Presidente llegó a un acuerdo informal con el embajador norteamericano. México modificó entonces su legislación petrolera en un sentido favorable a las empresas norteamericanas. También dio marcha atrás en su programa agrario  – que nunca había llegado a ser plenamente aceptado por los líderes revolucionarios del Norte – y anunció que el reparto de tierras había constituido un fracaso económico. Las relaciones con el sector obrero organizado se volvieron a enfriar cuando Luis Morones perdió – por presión de los obregonistas  – la posición estratégica que había ocupado dentro de la élite  gobernante.

La sucesión presidencial en 1928 volvió a precipitar otra crisis. Es verdad  que Calles había logrado mantener cierta autonomía en su gobierno, pero Obregón continuaba siendo la figura política mas importante. Al plantearse el problema, esa división afloró, con el consiguiente distanciamiento  entre las dos cabezas del grupo revolucionario. Aparentemente, Calles consideró en un principio que el general Arnulfo R. Gómez, jefe de operaciones en Veracruz, era el hombre adecuado para sucederle en la Presidencia. Obregón y un grupo de sus partidarios apoyaron al Secretario de Guerra,  General Francisco R Serrano. Ante esta situación conflictiva, aparentemente Obregón decidió a finales de 1926 que le mejor solución sería que el mismo volviera a la Presidencia. Calles no parece haber  visto con buenos ojos  el retorno de Obregón, pero  en noviembre de ese año aceptó que el Congreso modificara la Constitución para permitir la reelección siempre y cuando esta no fuera inmediata, abandonándose así una de las banderas que legitimó el levantamiento contra Díaz.

Si la reacción popular contra lo que en el preámbulo para la reelección  de Obregón no  fue particularmente notable, la de Serrano y Gómez si lo fue. Ambos rompieron abiertamente con sus jefes, y en junio de 1927 lanzaron sus candidaturas a la  Presidencia. Era evidente que el camino a la presidencia no pasaba por las urnas, y la pugna terminó por resolverse una vez más por la violencia. A fines de 1927 Gómez  se levantó en armas en Veracruz y Serano lo intentó en Morelos; Sin embargo Obregón y Calles no permitieron a sus adversarios llegar muy lejos,  Serrano y un grupo fueron aprehendidos en Cuernavaca y fusilados el 3 de octubre cuando se les traía a la capital. Gómez, después de una serie de acciones de poca monta, fue capturado en Veracruz y fusilado el 5 de noviembre. El camino de Obregón quedó despejado. Las elecciones se realizaron y el 1 de junio de 1928 se declaró a Obregón vencedor. Este claro panorama político se vio alterado repentinamente el 17 de julio cuando el presidente electo fue asesinado por León Toral. Aparentemente el asesinato fue planeado por un pequeño grupo católico independiente del resto del movimiento.

La crisis en que se vio sumida la coalición revolucionaria por la muerte de Obregón fue grave, pues para entonces las diferencias entre Calles y Obregón habían cristalizado llevando a la mayoría de los miembros importantes del grupo gobernante a tomar  partido por uno u otro. El equipo obregonista vio desvanecerse de la noche a la mañana sus esperanzas de tomar el poder, y culpó a Calles del asesinato. De poco sirvió que el Presidente dejara a cargo de los obregonistas  la investigación del crimen y que anunciara públicamente  su intención de no reelegirse. Calles convocó entonces a los principales jefes militares para  decidir quien habría  de ocupar provisionalmente la presidencia: El Lic. Emilio Portes Gil fue el designado, por ser un elemento aceptable tanto a los obregonistas como a Calles.  Se le nombró entonces Secretario de Gobernación y el Congreso lo designo´posteriormente  Presidente Provisional.

Uno de los últimos actos de Calles  en 1928  – y uno de los más trascendentales  –  para la institucionalización del sistema político postrevolucionario – fue anunciar la creación de un partido  que agrupara a todas las corrientes de la heterogénea coalición gobernante:  El Partido Nacional Revolucionario (PNR). La decisión fue tomada como una más de las medidas destinadas a paliar la crisis provocada por el asesinato de Obregón, pero esta tuvo un propósito a mas largo plazo. En su informe al Congreso del 1° de septiembre de 1928, Calles señaló que era preciso concluir ya con la etapa caudillista e iniciar la construcción de un mecanismo que permitiera  resolver pacíficamente la sucesión presidencial. El nuevo Partido constituía el primer paso.  Ni la creación del PNR ni las actitudes conciliadoras de Calles pudieron lograr que la crisis  producida por la desaparición de Obregón se resolviera en paz. Cuando se volvió a plantear en 1929 el problema de reemplazar a Portes Gil las divsiones volvieron a aflorar. La designación final recayó en Pascual Ortiz Rubio, siendo Vasconcelos su principal opositor. Ortiz Rubio no era una  figura  destacada;  su designación obedeció a la necesidad de conciliar a callistas y obregonistas, pero sin dar el poder a un obregonista destacado:  Aaron Saenz, pero el compromiso fue en vano.

Un grupo de generales, dirigidos por Gonzalo Escobar, Jesús M. Aguirre, Marcelo Caraveo, Roberto Cruz, Francisco Urbalejo, Claudio Fox y Fausto Topete se declararon en rebelión el 3 de marzo de 1929. En su Plan de Hermosillo acusaron a Calles de pretender perpetuarse en el poder aunque aparentando respetar la no reelección, y se le culpó del asesinato de Obregón.  La fuerza anticallista era respetable: Treinta mil hombres comandados por un tercio de los oficiales activos, pero en poco tiempo la revuelta fue sofocada. Como en el pasado, el gobierno central se vio auxiliado por fuerzas rurales irregulares, y en buena medida por el gobierno norteamericano, que le proveyó de armamento, previo pago en efectivo.

La rebelión escobarista fue la última gran revuelta militar en el periodo postrevolucionario (aunque entre 1939 y 1940 estuvo a punto de ocurrir otra); su derrota fue un nuevo golpe contra el caudillismo y, junto con la creación del PNR, coadyuvó a acelerar el proceso de concentración del poder en el centro. Esta nueva fuerza iba a residir por algún tiempo no en el jefe del ejecutivo, sino en Calles: el “Jefe Máximo de la Revolución”, De ahí que al periodo comprendido entre 1929 y mediados de 1935 se le denomine el “Maximato”.  Este predominio político de Calles contó con la anuencia inicial de los militares mas fuertes: Los Generales Joaquín Amaro, Saturnino Cedillo, Juan Andrew Almazán y Lázaro Cárdenas.  La fuerza de Calles quedó demostrada cuando Ortiz Rubio renunció a la Presidencia el 2 de septiembre de 1932 por haber entrado en conflicto con el “Jefe Máximo”  al manifestar cierta independencia y efectuar nombramientos si su anuencia. Ortiz Rubio fue sustituido por el General Abelardo Rodríguez  – que no era miembro del círculo militar mas influyente – y que en 1934 habría de entregar el poder a su Secretario de Guerra, el General Lázaro Cárdenas,

Hasta aquí por hoy,  estimados lectores. Es verdaderamente interesante recorrer la historia de lo que hemos pasado en nuestro pasado reciente.  Cuídense mucho.

LA CONSOLIDACION DE LAS INSTITUCIONES ( 2 ).. LA GUERRA CRISTERA

13/julio/2017 Por Rafael Catalán Valdés

En  1920 Obregón pudo enfrentarse y derrotar a Carranza porque un cuerpo importante del ejército quedó al margen de la lucha: el de Pablo González. La presencia de González  –rival de Obregón durante la campaña presidencial de 1919-1920 —  confrontó entonces al grupo de Sonora con una situación incómoda: para mantener  su recién  ganada hegemonía era necesario neutralizar, o eliminar su influencia así como la de los generales carrancistas con mando de tropas. En julio de 1920, González, acusado de preparar un movimiento sedicioso, fue desterrado.  Otros jefes militares de dudosa lealtad (gonzalistas, carrancistas y antiguos rebeldes) – fueron eliminados o atraídos hacia las filas gubernamentales con prebendas. Los jefes obregonistas, en especial los miembros del gabinete y los jefes de operaciones, recibieron una amplia recompensa por su lealtad, ya fuera mediante ascensos o permitiéndoles enriquecerse con operaciones de dudosa legalidad en las zonas bajo su control. Esta forma de asegurar la estabilidad de un gobierno central que casi no tenía otras fuentes de poder mas allá del ejército dio resultado. El apoyo obrero y campesino aun no estaba plenamente organizado, y su acción era incapaz de neutralizar las fuerzas armadas que sumaban unos 100 mil efectivos. Los gobernadores de los Estados -muchos de ellos también militares- se encontraron repetidas veces en conflicto, y en desventaja con los Jefes  de Operaciones Militares, pues mientras los primeros  representaban la autoridad  de jure, los  segundos casi siempre eran la de facto.

Obregón pretendió disminuir un tanto el poder de los militares reorganizando el ejército. Lo logró parcialmente con la creación de las reservas, dio de baja a un número considerable de generales,  jefes, oficiales y tropa, se crearon colonias militares para permitir el retorno a la vida civil de algunos de los cuerpos del ejército y, finalmente, el aumento de las regiones militares de 20 a 35 disminuyó el poder individual de los jefes de zona. Lo precario de la estabilidad lograda  quedó claramente confirmado a fines de 1923, al plantearse la sucesión presidencial.  Obregón favoreció la candidatura del general Calles, pero otros miembros de la nueva élite  se consideraron con tantos o más méritos que Calles. La revuelta no se hizo esperar… Adolfo de la Huerta, entonces secretario de Hacienda, conservaba aspiraciones presidenciales y se convirtió en líder de la rebelión, pero en realidad nunca pudo imponerse a los jefes rebeldes ni dirigió el movimiento. La rebelión tuvo la misma bandera que la de Obregón contra Carranza: La lucha contra la imposición. La acción  la inició el General Rómulo Figueroa, en Guerrero, el 30 de noviembre de 1923.  102 generales  -entre ellos  Guadalupe Sánchez, Rafael  Buelna,  Salvador Alvarado, Fortunato Maycotte y Antonio Villarreal –  que comandaban alrededor del 40%,del ejército, se enfrentaron al gobierno central. En la lucha intervinieron marginalmente grupos obreros y campesinos, la mayor parte de ellos del lado obregonista, que logró movilizar muy rápidamente 10 mil agraristas en su apoyo, principalmente veracruzanos a quienes había organizado el coronel Adalberto Tejeda y a los potosinos de Saturnino Cedillo.

La  habilidad de Obregón, falta de coordinación de sus enemigos, más la decisión de Washington de dar apoyo político y militar al gobierno mexicano, permitió que en marzo de 1924 el levantamiento delehuertista quedara liquidado con un costo aproximado de cien millones de pesos y siete mil bajas. Con el triunfo de Obregón en 1924, el proceso de centralización política se acelero; pero aún sería necesario hacer frente a otros levantamientos.

Al asumir la presidencia, Calles era considerado como representante del ala progresista del grupo de Sonora, incluso como un  socialista. En un primer momento, efectivamente, tuvo una actitud más receptiva que Obregón ante las demandas de algunos grupos campesinos, e intentó restablecer la armonía entre el grupo gobernante y los obreros organizados, especialmente por lo que se refiere a la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM)  que por entonces decía contar con casi un millón de afiliados, y ocupó un puesto en el gabinete de Plutarco Elías Calles.

Sin embargo, este apoyo popular, importante y organizado, no pudo todavía sustituir o neutralizar al del ejército. Fue entonces cuando el Estado empezó a tomar un papel relativamente mas activo para resolver los problemas económicos.  Como México no contaba aún con una burguesía nacional importante que sustituyera la extranjera y dirigiera el sistema económico (Esta burguesía surgiría en buena medida por la protección y actividad del Estado)  el sector oficial decidió ocupar en parte este vacío. Por ello se crearon, entre otros, el Banco de México, las comisiones nacionales de irrigación y de caminos, el Banco Nacional de Crédito Agrícola y Ganadero, y los regionales más otras instituciones menores.

La precaria estabilidad política se rompió de nuevo en 1926 al enfrentarse violentamente la Iglesia y el Estado. En la segunda mitad del siglo XIX la iglesia perdió mucho de su poder político, pero durante la larga paz porfiriana lo recuperó en parte. El nuevo modus  vivendi  entre Iglesia y Estado fue turbado por la Revolución, particularmente después de la constitución de 1927, que reafirmó y aumentó las disposiciones anticlericales de la de 1857. La Jerarquía Católica denunció la nueva Carta Magna, en particular los artículos 2, 5, 27 y 130. Sin embargo, esta oposición no se tradujo de inmediato en acciones efectivas.  Durante la presidencia de Obregón las relaciones entre la iglesia católica y el gobierno fueron tensas. Ante los ataques jacobinos se creo la Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos, cuyos militantes naturalmente se mostraron poco afectos al nuevo régimen. En 1923 la tensión aumentó cuando se expulsó al nuncio apostólico y se detuvo la construcción del monumento a “Cristo Rey”  iniciada en el Cerro del Cubilete, Guanajuato. Declaraciones hostiles de la jerarquía católica motivaron la acción oficial. La crisis se agravó durante la presidencia de Calles, quien de manera un tanto innecesaria alentó las corrientes anticlericales. Por ejemplo, el gobierno de Tabasco exigió que los sacerdotes contrajeran matrimonio como condición necesaria para que se les permitiera ejercer sus funciones;  en la Ciudad de México se patrocinó la formación de una iglesia católica mexicana  bajo la dirección del patriarca José Joaquín Pérez.

En 1926 se publicó  una declaración hecha nueve años atrás por el Arzobispo José Mora y del Rio   contra  la Constitución de 1917. Aparentemente se hizo sin la anuencia del Arzobispo, pero este reafirmó después la validez de sus observaciones.  Ante semejante desafío, el gobierno respondió cerrando escuelas y conventos y deportando a 200 sacerdotes extranjeros. Poco después se formó la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) cuyos dirigentes decretaron un boicot contra el gobierno que, a su vez, dictó una serie de medidas anticlericales. Las autoridades eclesiásticas decidieron suspender el culto el 31 de julio de ese año. El efecto de esta medida fue traumático para una capa muy amplia de la población, particularmente en el campo, pues en los centros urbanos los servicios continuaron aunque de manera mas o menos clandestina. Para un amplio sector rural la revolución solo había significado inseguridad y destrucción, sin ningún efecto positivo en su seguridad real, de ahí que el resultado de la política anticlerical les pareciera intolerable.  No se hizo esperar la rebelión armada que en algunos casos se inició de manera espontánea y desorganizada, pero finalmente quedó bajo la dirección formal de  la ( LNDLR).

La llamada Guerra Cristera tuvo un carácter fundamentalmente rural  aunque la dirección de la LNDLR fue  urbana. Siguiendo las instrucciones del Vaticano, el episcopado mexicano nunca dio su apoyo abierto a la lucha, pero numerosos sacerdotes se incorporaron a ella.

Hasta  aquí por hoy, respetados lectores. En próximo artículo nos adentraremos en esta etapa lamentable de nuestra historia, para conocerla con mayor detalle. Les envío un afectuoso  saludo.

Cuídense mucho.

 

 

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