LA REVOLUCION Y LA CONCORDIA MADERISTA

25/septiembre/2016 Por Rafael Catalán Valdés

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Si la lucha armada se hubiera prolongado un poco más, los revolucionarios habrían alcanzado mayor cohesión y sin condiciones hubieran acabado con el porfiriato;  pero como Madero era enemigo de derramar sangre, optimista y generoso aceptó una transacción:  El Tratado de Ciudad Juarez.. En el se convino en las renuncias de Porfirio Díaz  como presidente de hecho y de Francisco I. Madero como presidente provisional; Que el Ministro de Relaciones, Francisco León de la Barra asumiera la Presidencia Interina para pacificar el país  y para que convocara a elecciones generales;  se acordó la amnistía por delitos de sedición y el licenciamiento de las fuerzas revolucionarias, lo que significó un grave error y un retroceso porque la revolución le reconocía validez al gobierno que combatió, aplazaba el cumplimiento del Plan de San Luis Potosí y dejaba pendientes las reformas sociales, económicas y políticas que los maderistas  habían prometido a la nación. Además de ello, dejó intacta la maquinaria administrativa, el poder judicial y el ejército porfirista. “La crema de los conservadores” siguió manejando los grandes negocios y Madero quedó atrapado en “las garras del régimen vencido”.

El interinato fue un periodo de gobierno “inquieto y peligroso” en el que constantemente chocaron las tendencias porfiristas y revolucionaria.  En el gabinete dominaron los hombres que en diversos grados tenían ligas con el régimen vencido;  la revolución, en cambio, solo estuvo representada por el Ingeniero Manuel Bonilla y los hermanos Emilio y Francisco Vázquez Gómez, que fueron los Secretarios de Comunicaciones, Gobernación e Instrucción Pública. Aunque los estados tuvieron gobernadores provisionales oriundos  de  ellos, que además eran maderistas y casi todos civiles, entraron en conflicto con las legislaturas locales, que aun eran las porfiristas. Las fuerzas militares del antiguo régimen y las revolucionarias  también chocaron en varios lugares; el caso más sonado fue el ataque sorpresivo del 29 batallón, al mando de Aurelio Blanquet, contra las fuerzas revolucionarias que estaban acuarteladas en la Plaza de Toros de Puebla, sin importarle que estuvieran en compañía  de sus mujeres e hijos.

Aunque el tratado de Ciudad Juárez  estableció el desarme de los revolucionarios, De la Barra lo aceleró y llevó mas allá de lo acordado, al decretar que debería quedar concluido el 1  de julio;  al que no obedeciera se le trataría como bandido. La disposición del presidente aumentó la tensión que ya existía con Emilio  Vázquez Gómez y otros revolucionarios opuestos al licenciamiento, porque consideraban  que era entregarle la revolución al antiguo ejército de Porfirio  Díaz. Al que, por otra parte, De la Barra reforzaba y halagaba, condecorando a generales y oficiales y aumentando haberes de la tropa.  Medidas que fueron aprobadas y elogiadas por la XXV Legislatura.

El interinato no satisfizo tampoco ni a los campesinos ni a los obreros, y su descontento se manifestó en diversas formas:  En Morelos y Yucatán  invadieron las propiedades rurales y asaltaron las tiendas de raya; Los yaquis exigieron la repatriación de sus hermanos que continuaban deportados en el sureste;  las huelgas eran frecuentes en los tranvías, las panaderías y las fábricas del Distrito Federal, Orizaba y Puebla, así como en las minas de San Luis Potosí, y se paralizaron los trabajos en varias haciendas de ese mismo Estado. Sin embargo, el Secretario de Justicia, Manuel Calero, ( que había sido diputado porfirista, luego adepto de Bernardo Reyes y finalmente de Madero ), no promovió reformas legislativas;  el de Fomento, Rafael Hernández, ni siquiera inició el estudio del fraccionamiento de la tierra, sino que se limitó a celebrar contratos ruinosos con los terratenientes, arrendándoles bosques y terrenos nacionales, y en los conflictos laborales  acordó transacciones parciales;  De la Barra ciertamente creó  la  Comisión Nacional Agraria, pero no funcionó durante su gobierno.

Uno de los problemas más serios del interinato y el que mejor refleja su inquietud y ambigüedad, fue el que se suscitó  en Morelos a causas del desarme y el licenciamiento de las fuerzas zapatistas. Por una parte, Zapata exigió el cumplimiento del artículo tercero del Plan de San Luis Potosí que ofrecía la restitución de tierras comunales a los pueblos;  por la otra, los hacendados presionaron al gobierno para que activara el desarme y el licenciamiento de los zapatistas porque les invadían sus propiedades. Madero intervino en el conflicto y en varias entrevistas personales con Zapata  le prometió resolver el problema legalmente, consiguiendo  que en tres ocasiones se iniciara el desarme.  Los fracasos se debieron a diversas causas ajenas a Madero y a Zapata, unas veces fue por el contubernio del gobernador de Morelos  Juan N. Carreón y los hacendados; otras porque el Secretario de Gobernación, Emilio Vázquez Gómez, volvía apertrechar a los zapatistas o, porque su sucesor en dicha Secretaría, Alberto García Granados, apoyado por de la Barra, envió grandes contingentes militares a Morelos al mando de Victoriano Huerta, quien hizo todo lo posible para que las operaciones fueran más cruentas, hasta caerles traidoramente  el 23 de agosto, cuando iniciaban por tercera vez el desarme. La traición ocasionó que Madero se distanciara de De la Barra,  Que los zapatistas lanzaran sus ataques hasta Milpa Alta  y que por ello el Congreso de la Unión interpelara al presidente.  Una crisis ministerial y la renuncia de  Francisco Vázquez Gómez.  De la Barra puso fin a su gobierno, un mes antes de lo acordado.

En el aspecto económico, el interinato llegó a su fin dejando 48 millones de pesos en las reservas del Tesoro, después de que hubo liquidado las cuentas normales que dejó el gobierno de Porfirio Díaz y 6 millones por concepto del licenciamiento de las fuerzas revolucionarias, que incluían 600 000 pesos de un préstamo que hizo al movimiento Gustavo Madero y que eran propiedad de inversionistas franceses.  Además se tramitaron algunas concesiones para el establecimiento de nuevos bancos;  se volvieron a abrir las aduanas;  el tipo de cambio del peso se mantuvo  a 50 centavos de dólar, ya que la Comisión  de Cambios y Moneda contrató un empréstito a corto plazo por 10 millones de dólares, o sea 20 millones de pesos, que fueron depositados en instituciones bancarias de México y del extranjero.

A mediados de 1911 se creo la Comisión Consultiva de Indemnizaciones  para conocer de las reclamaciones nacionales y extranjeras por daños sufridos durante la revolución;  a finales de agosto había recibido 1,004 reclamaciones por 10 millones de pesos.

Hasta aquí por hoy, estimados lectores. Seguiremos en próximos artículos. En próximos días, el 26 de este mes, habrá, sin duda, marchas, plantones por un aniversario más de la tragedia de Ayotzinapa.  Cuídense mucho, que no está el horno para bollos.

Como siempre, les saludo con afecto.

LA REVOLUCION MEXICANA… EL AZORO INTERNACIONAL

20/septiembre/2016 Por Rafael Catalán Valdés

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Las relaciones internacionales de México durante el porfiriato solo fueron importantes con los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña  y Centro América,  pero sin que dejara de tenerlas  con otros países, de manera que a la celebración del Centenario de la Independencia vinieron 36  misiones diplomáticas que contemplaron la fastuosidad de los festejos y el progreso material de la república. Cuando la prensa mundial difundíó  la noticia  de que había estallado la revolución, esos diplomáticos se negaron a creer que alguien osara levantarse en armas contra Díaz y reiteraron  la confianza que anteriormente habían manifestado sobre la fuerza y la estabilidad de su gobierno. Entre diciembre de 2010 y febrero de 2011 disminuyeron los comentarios, pero aún consideraban  que don Porfirio era un político sabio e idolatrado por el  pueblo, y que su gobierno era sólido, estable, regenerador y garantizaba las inversiones extranjeras. En marzo cambiaron notablemente los juicios en la prensa mundial, unos dijeron que la revolución estaba resultando un movimiento serio y Díaz  incapaz de dominarlo porque ya estaba viejo, débil,  lleno de miedo, muy enfermo o que había muerto;  otros periódicos, contradictoriamente lo tacharon de que estaba provocando o gestionando la intervención de los Estados Unidos para sostenerse en el poder, o que les había cedido Baja California a cambio de su apoyo.   Otros aseguraron que la cesión había sido de Bahía Magdalena a favor de Japón, para  evitar la invasión norteamericana, o bien que los financieros alemanes y británicos pedirían la intervención de sus gobiernos en México. Por otra parte, al iniciarse el movimiento armado, el Presidente de los Estados Unidos,  William H. Taft y el Secretario de Estado, Philander C. Knox, reiteraron su confianza en el gobierno de Díaz, pero por las intrigas de su embajador Henry Lane Wilson,  desde marzo de 1911 empezaron a dudar y acabaron pensando que el país iba a la anarquía.

A la desilusión de las autoridades norteamericanas se vino a sumar la tensión con el gobierno mexicano que se originó en problemas fronterizos y de protección a vidas e intereses de los norteamericanos en el interior de México. La frontera fue una fuente de preocupación y peligro para el gobierno mexicano a causa de los emigrados desafectos a Díaz que,   al cundir su animadversión, infectó  a la población texana y californiana de origen mexicano que tomó la causa mexicana como si México siguiera siendo su patria. De modo que rápidamente proliferaron las publicaciones hostiles, unas periódicas como fueron Regeneración y El Monitor Democrático;  otras aparecían y desaparecián  como Renacimiento, el Bien Social y Los Bribones. Asimismo, organizaron juntas para difundir las ideas,  comprar armas,  parque y provisiones;  reclutar hombres y organizarlos en pequeñas partidas que pasaban al territorio mexicano por lugares desguarnecidos. Para todas  esas actividades, los sediciosos  contaban además  con el apoyo de la población y de algunas autoridades menores norteamericanas, así como  el de varios empleados de los consulados mexicanos.  A grandes rasgos se puede considerar que hubo dos  centros de operaciones en los Estados Unidos:  El de los Floremagonistas  en California y el de los Maderistas en Texas,  y que gran parte de los pobladores de ambas márgenes del Rio Bravo simpatizaba con la revolución.  El gobierno de Díaz trató de contrarrestar  las actividades subversivas  de diversos modos, ya fuera por medio de declaraciones a la prensa o subvencionándola, ocupando a los cónsules como agentes secretos o contratando a agencias policiacas como la Furlong’s Service. La Secretaría de Relaciones a su vez se dirigió insistentemente al Departamento de Estado para presentarle quejas, gestionar extradiciones, aprehensiones y castigos. Aunque el gobierno de Estados Unidos estaba deseoso e interesado en que Díaz se mantuviera en el poder, y por lo tanto dispuesto a satisfacer esos requerimientos, no lo estuvo al grado de pasar sobre las autoridades y las leyes locales o nacionales;  sin contar con que era difícil mantener una vigilancia efectiva en una línea divisoria tan extensa.

Los porfiristas no consiguieron al apoyo que tanto necesitaban de Estados Unidos porque jamás entendieron que no era un gobierno despótico. El Departamento de Estado recibió con un progresivo desagrado las quejas reiteradas, imprecisas e improcedentes que le presentaba la Secretaría  de Relaciones, sin embargo las atendió y, de acuerdo con los asuntos, las trasladó  a los Departamentos de Justicia, de Guerra, de Marina, del Trabajo, o bien a los gobiernos de los Estados y a las autoridades fronterizas. En la mayoría de los casos las diversas autoridades norteamericanas no pudieron proceder legalmente, debido a que muchas de las actividades de los emigrados mexicanos no se oponían a la Constitución Norteamericana que concede el derecho de la libre expresión, o porque el comercio de armas y la propaganda política no necesariamente contravenían  las leyes de neutralidad o el tratado de extradición celebrado entre ambos países, o bien porque las pruebas que remitía la Secretaría de Relaciones no eran suficientes para perseguir, aprehender y enjuiciar a los acusados.  El Gobierno Mexicano se desesperó ante tantos obstáculos y a fines de enero de 1911 envió a Joaquín Casasús a Washington  para acabar de una vez con las actividades subversivas. Taft le ofreció la ayuda y el apoyo de las autoridades de su país, le sugirió que fuera a Texas para observar personalmente la situación y que hablara con el Gobernador Oscar B. Colquitt, el que después de la visita acabó  invitando a las autoridades y a los habitantes del Estado a cumplir estrictamente las leyes de neutralidad.

Sin embargo, una serie de fricciones que tuvieron las autoridades menores mexicanas y norteamericanas  endureció  las relaciones entre los dos gobiernos, ya fueran los disparos que se hacían desde ambos lados de la frontera o las aprehensiones que se efectuaban en el territorio mexicano de El Chamizal, disputado por los Estados Unidos. Las reclamaciones ocasionaban una celosa investigación, pero de sus resultados siempre quedaba complacido el gobierno que  las ordenaba, nunca el quejoso. El incidente mas grave de la frontera se presentó en Agua Prieta en abril de 1911, tanto por los combates que libraron los mexicanos y que causaron algunos daños materiales, heridos y muertos en la población vecina de Douglas, Arizona, como porque muchos norteamericanos participaron en ellos.  Taft  amenazó al gobierno de México con que tomaría medidas que “deseaba evitar” si se repetían los combates en la frontera, y el Secretario de Relaciones Francisco León de la Barra respondió enérgicamente que los norteamericanos habían ayudado a los rebeldes durante el ataque a Agua Prieta,  que se hicieron disparos desde Douglas y que los heridos y muertos de esa población norteamericana habían sido víctimas de su propia curiosidad. Otro problema fronterizo grave se suscitó porque los Floresmagonistas mantenían en jaque a las poblaciones de Tijuana y San Quintín desde febrero de 1911 y ponían en peligro las obras que, por acuerdo de los gobiernos mexicano y norteamericano, se realizaban en el Rio Colorado para evitar las inundaciones en el Valle de Mexicali  y en el Imperial. Los dos gobiernos pretendieron que las tropas de sus respectivos países cruzaran la frontera para proteger esas obras, pero ni Díaz consiguió permiso para que transitaran por los Estados Unidos, ni Taft para que pasaran  a defenderlas. Al final de cuentas, los floresmagonistas  no les  causaron daños.

En cuanto a la protección de vidas e intereses de los norteamericanos en el interior de México,  Taft y el Departamento de Estado adoptaron un doble juego:  Por una parte ordenaban medidas amenazadoras y por la otra hacían comentarios y enviaban circulares tranquilizadoras. Como ya se dijo, al iniciarse la revolución el gobierno de Estados Unidos estaba convencido que de un zarpazo acabaría con ella el gobierno de Díaz, pero el embajador Wilson cayó en un pesimismo destemplado, atribuible en parte “a  la incertidumbre que le creaba la información distante e incompleta sobre las vicisitudes de la contienda militar, en parte a que quería suplirla o compensarla con una especulación extremosa, y en parte no menor al hecho de ser, evidentemente, un hombre poco juicioso”  y no se sintió tranquilo hasta que se trasladó a Washington para “sugerir medidas”, exponerle a Taft que Porfirio Díaz se encontraba sobre un volcán,  que 40,000 norteamericanos y sus propiedades de mil millones de pesos serían dañados.  El embajador le trasmitió su pesimismo al presidente y el 7 de marzo de 1911 ordenó  que se movilizaran 20,000 soldados del ejército federal a la frontera y varios barcos de guerra a aguas mexicanas. En las esferas oficiales de Washington se dijo que Taft le había ordenado al general Leonard Wood  que tuviera preparadas las tropas para cruzar la frontera en cualquier momento porque ya estaban concluidos  los planes para la intervención.  Al gobierno mexicano se le comunicó que la primera medida obedecía a unas maniobras militares que se efectuarían en Texas y la segunda al abastecimiento de carbón, pero no perseguían ningún plan ulterior  que pudiera preocupar a un país amigo.  Nuestro gobierno presentó una protesta formal el 12 de marzo, ya que algunos barcos además entrarían a los puertos mexicanos del Océano Pacífico y del Golfo de México.  Taft aseguró que esos barcos nada más iban a permanecer el tiempo necesario para el abastecimiento y que las tropas no llegarían hasta la línea divisoria, pues éstas solo iban a reforzar  a las patrullas fronterizas para evitar que se organizaran expediciones enemigas al gobierno mexicano.  El Departamento de Estado envió  además una nota sobre los futuros movimientos  que iban a hacer los barcos para abastecerse de carbón.

Henry Lane Wilson volvió a la carga a mediados de mayo diciendo que como en México empeoraba la situación y los norteamericanos  corrían mayor peligro, era necesario que su gobierno enviara mas barcos  de guerra a los puertos de Acapulco, Veracruz y Manzanillo;  pero el Secretario de Estado se rehusó a complacerlo y por medio de sus cónsules le hizo saber al pueblo mexicano que lo único que pretendía era la seguridad de sus compatriotas. Los cónsules consideraron que la declaración de Knox había sido oportuna, pero el pueblo se sentiría mejor si las tropas norteamericanas se alejaban de la frontera. En cambio los ciudadanos de Estados Unidos que residían en México reaccionaron de dos formas:  A un grupo le encabezó el ex-embajador  David L. Thompson  y se consideró suficientemente  protegido  por el gobierno porfirista;  al otro grupo que dirigía Henry Lane Wilson, quería la intervención y protestó porque el gobierno de Estados Unidos lo había abandonado a sus propias fuerzas. De hecho durante la revolución maderista solo hubo un problema grave con los extranjeros residentes en nuestro país y tuvo lugar el 15 de mayo de 1911, debido a que el populacho de Torreón  dio muerte a cerca de 200 chinos y dañó sus comercios.

Hasta aquí por hoy, estimados seguidores de este trabajo. Que todo vaya bien, y estaremos en contacto la próxima semana, el viernes 28 de este mes.

LA REVOLUCION MEXICANA:- LA LUCHA ARMADA

13/septiembre/2016 Por Rafael Catalán Valdés

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Estimados  lectores.  Era mi intención que a partir del pasado artículo no escribiría más acerca del pasado.  Sin embargo, al reflexionar sobre esa decisión, consideré que no estaría cumpliendo con los propósitos de este blog,   – que no son otros que aprovechar las nuevas herramientas electrónicas para compartir con el mayor número posible de lectores  información de los eventos que han conformado el México de hoy  -.  En tiempos pasados las escuelas privadas y públicas  enseñaban  esa etapa de nuestra historia patria y ahora ya no…   Enseñaban  del México del siglo XIX, de la obra de Benito Juárez, de la Guerra de Reforma, de la Guerra contra Francia, de  Maximiliano y su fallido imperio, del Porfiriato, y  de la Revolución Mexicana,  Por lo tanto,  llegué a la conclusión de que el blog quedaría incompleto si no se hablase de la Revolución Mexicana, de la etapa de 1911 a 1920. Por ello,  con su venia, dedicaré los próximos artículos  a la etapa armada de nuestra Revolución, esa gesta armada que nos ha llevado al país que ahora somos. Continúo  apoyándome en la estupenda Historia General de México escrita y editada por el Colegio de México.

EL BREVE PREFACIO DE LA REVOLUCION

Francisco I. Madero logró escapar de su prisión en San Luis Potosí en octubre de 1910 y se refugió  en San Antonio, Texas, junto   con otros antireeleccionistas, como Roque Estrada,  Federico González Garza,  Juan Sánchez  Azcona  y Enrique Bordes Mangel.  Entre todos prepararon las bases financieras, militares e ideológicas de la lucha armada que debería estallar el 20 de noviembre en diversos lugares de México, con Madero como caudillo y el Plan de San Luis  como bandera.  En este se declaró ley suprema de la Nación el principio de No Reelección ,  se desconoció al gobierno de Porfirio Díaz y a las autoridades  cuyo poder emanara del voto popular. Don Francisco asumiría la Presidencia provisionalmente y convocaría a elecciones un mes después de que el Ejercito Libertador dominara la capital y la mitad de los Estados. Otros artículos disponían la forma de ocupar  las poblaciones,  el nombramiento de los gobernadores provisionales;  distintivos, grados y disciplina para la tropa, y el trato de los prisioneros.  Hay que resaltar el artículo 3 , por el cual quedaban sujetos a revisión las resoluciones y los fallos de los tribunales de la república,  así como los acuerdos de la Secretaría de Fomento, porque durante el Porfiriato, y abusando de la ley de tierras baldías, los indígenas hanían sido despojados de sus tierras.  Además, decía El Plan, que se integrarían comisiones para dictaminar sobre las responsabilidades de los funcionarios porfiristas y se respetarían los compromisos contraídos con los gobiernos o las corporaciones extranjeras antes del 20 de noviembre de 1911.

Desde San Antonio los antirreelecionistas  enviaron copias del plan,  cartas, dinero y pertrechos de guerra, así como agentes para que conferenciaran con los presuntos jefes del movimiento armado en México; otros en cambio acudieron a San  Antonio para recibir instrucciones. De modo que al iniciarse la revolución, Madero  contaba con los antiguos miembros del Partido Democrático,  Francisco Cosío Robelo  y Alfredo Robles Domínguez en la ciudad de México y y en el Estado de Guerrero.  Ramón Rosales en Hidalgo, así como con otros adeptos  en Chihuahua que habían tenido contactos previos con el Partido Liberal Mexicano  (PLM),  como el agricultor  Abraham González y José de la Luz Soto. El propio Madero se proponía cruzar la frontera la noche del 19 de noviembre para ponerse al frente del movimiento, pero a mediados de noviembre las autoridades porfiristas descubrieron a los conspiradores  de la capital de la república y les decomisaron armas, correspondencia y listas de comprometidos; lo que por añadidura les permitió hacer mas arrestos en otras partes del país y sacrificar a Aquiles Serdán en Puebla. Sea porque el movimiento quedó sin jefes en varias localidades o por el temor a las represalias, los revolucionarios inicialmente adoptaron  una actitud cautelosa y hasta el 22 de noviembre solo se registraron brotes aislados  en algunos estados. Pero antes de que el año de 1910 concluyera y durante los primeros meses de 1911, por el norte y el oeste del país se sucedieron levantamientos al mando de Cástulo Herrera, Toribio Ortega, Guillermo Baca, José Agustín Castro, Orestes Pereyra, Juan N. Banderas, Ramón F. Iturbe, Rafael Cepeda y José María Maytorena; así como de otros revolucionarios que anteriormente  tuvieron contacto con el PLM, como José de la Luz Blanco, Gabriel Gavira, Cándido Aguilar, Pascual Orozco y  Luis Moya. Desde un principio el foco principal de la revolución fue Chihuahua, estado en el que los maderistas coincidieron además con los miembros activos del PLM,  Prisciliano  G. Silva, Lázaro Alanís y Praxedis Guerrero. Otros grupos activos, al mando de el joven  sinaloense José María Leyva y del norteamericano Simón Berthold, tomaron Mexicali y amagaron Ensenada y Algodones en Baja California; Otros más hostilizaron al gobierno por Sonora, Veracruz y Tabasco. Pero las diferencias ideológicas y políticas que distanciaban a  Maderistas y Flores Magonistas o miembros del PLM, se ahondaron porque Prisciliano G. Silva fue aprehendido en Chihuahua al negarse a acatar la autoridad de Madero, al que había reconocido como jefe.

El artículo 3 del Plan de San Luis despertó la esperanza de que los pueblos de Morelos recuperarían sus derechos sobre las tierras y aguas que durante el porfiriato les fueron arrebatados por los terratenientes cultivadores de caña. Unos levantamientos armados empezaron a surgir esporádicamente en el Estado de Morelos desde finales de 1910, pero el más importante fue el del grupo que conspiraba en la Villa de Ayala, encabezado por Pablo Torres Burgos y Emiliano Zapata ( el primero era maestro de escuela y el segundo presidente del Comité de Defensa de los Pueblos  de Anenecuilco-Ayala-Moyotepec) que se lanzó a la Revolución maderista el 11 de marzo de 1911. A los pocos días de que se había iniciado la lucha, Torres Burgo fue capturado y ejecutado  por las fuerzas porfiristas; el mando progresivamente  fue recayendo en Zapata, y el movimiento contó con el apoyo económico de Gildardo Magaña (hijo de un liberal y acomodado comerciante en Zamora, Michoacán).  Zapata tuvo también la colaboración de su primo, vaquero y peón Amador Salazar; del fogonero de la hacienda de Chinameca, Felipe Neri;  del maestro de escuela Otilio Montaño, etc. que tomaron varias poblaciones de Morelos y sitiaron Cuautla, plaza que finalmente  fue evacuada por las tropas porfiristas el 19 de mayo. En Guerrero  se pronunciaron a favor del maderismo los  hermanos Ambrosio y Francisco Figueroa, quienes pronto se convirtieron en enemigos de los zapatistas porque aquellos recibía dinero de los hacendados  de Morelos a cambio de protección. Sin embargo, el agente maderista Guillermo García Aragón logró que Ambrosio y y Emiliano Zapata llegaran a un acuerdo  el 22 de abril, que consistía en una independencia de mando en sus respectivos Estados y en sujetarse solo cuando operaran en territorio del otro.

Por el Norte y el Oeste de la República los maderistas continuaron atacando poblaciones en Sonora, Sinaloa, Nayarit, Jalisco y Zacatecas; mientras la Revolución se extendía también por Coahuila, Aguascalientes, Tlaxcala y Yucatán. Sin embargo, Chihuahua y el norte de Durango siguieron siendo el foco mas importante. Madero, que finalmente regresó al país el 14 de febrero de 1911  – acosado por las autoridades norteamericanas al considerar que había violado las leyes de neutralidad –  reanimó  el espíritu de los combatientes, se puso al frente del Ejército Libertador y estableció su cuartel general en Bustillos, Chihuahua, el 29 de marzo.  En seguida se le unieron los contingentes de Pascual Orozco  y de Francisco Villa, planearon el sitio de Ciudad Juárez y lo iniciaron el 15 de abril.  Mientras se decidía la suerte de esa plaza, la revolución iba cundiendo más por el país. El PLM, que para entonces ya se había declarado  contrario al maderismo, tomó Tijuana. Conviene destacar que entre noviembre de 1910 y mayo de 1911, las operaciones más importantes  se desarrollaron a lo largo de las vías férreas del norte, tanto porque los ferrocarriles fueron indispensables para transporte de tropas y de los elementos de campaña  como por el contacto que establecían con la frontera para el abastecimiento de armas y provisiones.

Aunque Porfirio Díaz  había organizado un ejército poderoso y disciplinado, manifestaba síntomas de descomposición como las demás instituciones de su gobierno. El propio Porfirio Díaz conservó el mando del ejército y de la Secretaría de Guerra pero solo fue su instrumento para transmitir las órdenes. Además de que lo desarticuló en diez jurisdicciones militares, o zonas,(al mando de generales viejos e ineptos que no tenían experiencia teórico-práctica), a las que a su vez subdividió en 30 mandos territoriales o jefaturas de armas, de manera que durante la revolución la cabeza y el brazo ejecutor resultaron ineficaces. Por otra parte,  la tropa que se había integrado por consignación y leva combatió  forzada, sin ideales y resentida por la explotación de que la hacían  víctima los oficiales subalternos. Por último, el efectivo de las fuerzas federales, incluyendo a los rurales, ascendía a 31,000 hombres en las nóminas pero solo llegaban a 14,000 de hecho. A esos males de fondo hubo que agregar las medidas desafortunadas que se tomaron contra los revolucionarios:  la direccion de la campaña desde el Palacio Nacional; la incompetencia del ministro de guerra, Manuel González Cosío y del Estado Mayor;  la movilización tardía e insuficiente del ejército y lo inapropiado de sus elementos. O sea, tropas pesadas de línea (excepto los cuerpos  rurales)  que continuamente  fueron víctimas de emboscadas y asechanzas y que jamás dieron alcance a las revolucionarias;  la mala distribución de la artillería de montaña y de las ametralladoras; el desconocimiento del terreno , la deficiencia de los servicios de espionaje, información, exploración y aprovisionamiento. La combinación de todos esos elementos hicieron imposibles las victorias porfiristas; persistió la insurrección; se multiplicaron los amagos a las poblaciones; las partidas revolucionarias continuamente sorprendieron al ejército federal  que se concretó a la actitud pasiva de defender las ciudades.

Marzo fue el mes definitivo de la revolución, ya que la ineptitud que mostró el gobierno porfirista para apagar el fuego hizo pensar que no tenía fuerza ni solidez, que tras su imponente fachada había un enorme vacío. Díaz mismo se percató de la situación y en abril trató de poner en práctica algunas medidas militares que resultaron tardías e ineficaces, como fueron la de aumentar los cuerpos rurales  de 12 a 14, dar gratificaciones y doblar el efectivo de todos los cuerpos de ejército, llamar al general Bernardo Reyes a quien meses antes había desterrado a Europa con cualquier pretexto. Para entonces la revolución  había cobrado auge y estaba a punto de poner fin a una  era. Los hombres de negocios se preguntaban si don Porfirio sería capaz de restaurar el orden, las clases que Jorge Vera Estañol llamó “conscientes” presionaban para que la administración de la justicia se regenerara  y los científicos  se alejaran del poder. En la masa de la población rápidamente se menguaban el temor y la reverencia hacia las autoridades;  peones y obreros aumentaban las filas revolucionarias; en las poblaciones que estaban en poder de los porfiristas se manifestaba simpatía por los contrarios en corrillos, discursos y manifestaciones callejeras; en las regiones que frecuentaban los revolucionarios se les demostraba adhesión, proporcionándoles informes y facilidades para las campañas. Actitud que secundaron los operarios, telegrafistas y empleados subalternos de los ferrocarriles.

Por otra parte, algunos porfiristas trataron de conseguir la paz por medio de pláticas con los revolucionarios en varias poblaciones de los Estados Unidos entre finales de febrero y mayo de 1911. Unas fueron de carácter oficioso , como la del capitalista español Iñigo Noriega con algunos familiares de Madero; las del antireeleccionista  Toribio Esquivel  Obregón y el industrial millonario Oscar Braniff,  con el agente revolucionario en Washington, Francisco Vázquez  Gómez.  Otras pláticas fueron de carácter confidencial y se efectuaron del 2 al 25 de abril entre el embajador mexicano Manuel  Zamacona y Vázquez Gómez, las cuales fueron secundadas por otros intentos de los porfiristas Rafael Hernández  y Salvador Madero con los revolucionarios: el periodista Juan Sánchez Azcona, el abogado tabasqueño José María Pino Suarez, el abogado jalisciense Roque Estrada y Gustavo Madero. También hubo más pláticas de paz de Esquivel Obregón  y Braniff con Francisco I. Madero que condujeron a dos armisticios provisionales en la zona próxima a Ciudad Juárez.  Finalmente, Porfirio Díaz  decidió que el magistrado de la  Suprema Corte Francisco S. Carbajal partiera a  Ciudad Juárez para llegar a un avenimiento pero los dos comisionados maderistas Pino Suárez y Vázquez  Gómez, insistieron en que previamente renunciara Díaz. Como no llegaron a ningún acuerdo y para evitar un conflicto con los Estados Unidos, Madero ordenó levantar el sitio de Ciudad Juárez para continuar  la lucha armada más alejados de la frontera;  pero comisionó a su padre, a Pino Suárez y a Vázquez Gómez para que examinaran cualquier proposición de paz que hiciera Porfirio Díaz.

El desenlace de los sucesos fue muy diferente del que se había proyectado, ya que Pascual Orozco, Francisco Villa, José de la Luz Blanco  y el italiano José Garibaldi sorpresivamente atacaron Ciudad Juárez el 8 de mayo y a los dos días tomaron la plaza, lo que permitió a Madero instalar su gobierno provisional. Aunque la rendición de Ciudad Juárez no derrumbó  el Porfiriato, fue la gota que derrumbó el vaso. La revolución cobró auge en todo el país, los revolucionarios del Sur amenazaron la ciudad de México y en ésta además hubo manifestaciones tumultuosas y sangrientas que exigían la renuncia de Díaz , que estaba enfermo y  rodeado de una camarilla inepta. El empeño inmediato de la Revolución y su breve prefacio, concluyeron con la firma del Tratado de Ciudad Juárez  el 21  de mayo, acarreando la renuncia y el exilio del dictador.

Hasta aquí por hoy, estimados lectores. Este capítulo revela una etapa muy poco conocida de nuestra historia. Continuaré en próximos capítulos.

EL DESPLOME DEL PROHOMBRE

02/septiembre/2016 Por Rafael Catalán Valdés

 

Antes de iniciar esta capítulo, permítanme agradecer algunos comentarios, todos muy bien escritos y que denotan sabiduría en el tema que estamos tratando:  Lépera,  Karla Mayorca, Luis Ponce Ruiz,  Rafael Esteves,  José Millán,  Carrillo Fuentes, Jimena Capote, Ramiro Pratts, Paz Fuentes, Tony Morales.

Muchas gracias, estimados lectores.

Prosigo ahora con este capítulo:  LA CAIDA DEL PROHOMBRE.

Madero volvió de su exilio texano en vísperas de aquella primavera mortal para el Porfiriato que se inicia con la renuncia de los viejecitos integrantes del gabinete.  La renuncia, presentada el dia 24 de marzo de 1911, cuanta con el beneplácito  del dictador.  Únicamente a Limantour y a González no se les acepta.  El día 28 se conoce el nuevo y juvenil ministerio:  Relaciones: Francisco León de la Barra;  Gobernación:  Miguel Macedo;  Justicia:  Demetrio Sodi;  Instrucción Pública; Jorge Vera Estañol; Fomento: Manuel Marroquín;  Comunicaciones:  Norberto Domínguez;  Guerra: Manuel González Cossio  y en Hacienda y Crédito Público, el “muchacho” del Gabinete anterior,  José Ives Limantour.

Conforme a la versión oficial, todos eran buenos y vigorosos. El abogado don Francisco León de la Barra tenía un apellido ilustre y una brillante carrera diplomática en congresos interamericanos y en misiones tan difíciles como las de Guatemala y Estados Unidos.  Al abogado Jorge Vera Estañol nadie le discutía su prestigio en el foro y en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, donde enseñaba Derecho Mercantil.  El abogado Demetrio Sodi había recorrido peldaño a peldaño la amplia escalero de la administración de Justicia hasta llegar a presidente de la Suprema Corte;  El Ingeniero Manuel Marroquín y Rivera había inspeccionado las aguas del Nazas antes y, ahora, en el momento de ser llamado, era el director de la Junta de Aguas Potables de la Capital;  El Ingeniero Norberto Domínguez había hecho méritos como director de las casas de moneda de Durango y Culiacán, y de Correos.

El primero de abril, a las seis de la tarde, Porfirio Diáz  fue a una Cámara de Diputados recién estrenada en las calles de Donceles y Factor con motivo de la apertura del segundo periodo de sesiones del XXV Congreso para rendir su segundo informe de gobierno. Acompañaba  al General archicondecorado su nuevo gabinete. El general y Presidente propuso a la legislatura emprender enmiendas jurídicas  verdaderamente importantes:  La no reelección que aseguraba la retirada de Díaz a los 86 años de edad y a los cuarenta de haber asumido la rimera magistratura;  el castigo pronto de abusos cometidos por instituciones oficiales y gobernadores;  la reforma de la ley electoral hasta el punto de hacer efectivo  el sufragio;  la reorganización del poder judicial  con miras a independizarlo del ejecutivo, y el fraccionamiento de los latifundios. Aquella noche Díaz debió haber dormido relativamente en calma. Las dos primeras semanas de abril tampoco le produjeron  especiales sobresaltos. Sus informantes no se atrevían a informarle sobre la gravedad del mitote. Los más atrevidos o asustados, como el gobernador de Morelos, le hablaban de gavillas de revoltosos asaltadores de haciendas. El sonorense Luis E. Torres le escribía: el enemigo, aunque derrotado una y otra vez, repone sus fuerzas pronto porque “por donde pasa se le incorpora la gente afecta al desorden y al robo”.  El dictador pensó que se trataba de un puñado de revueltas campesinas irracionales y débiles que muy pronto haría añicos su flamante ejército. No estaba suficientemente informado de los continuos reveses sufridos por las tropas del gobierno.  Empezó  a enterarse después del 15 de abril.

Abril fue el mes de las caídas,  Cayó  Chilapa en poder del rebelde Juan Andrew Almazán;  cayeron poblaciones de´l Estado de México y de Puebla por obra de  Emiliano Zapata;  cayó Indé en las garras de Tomás Urbina; cayó Cuencamé,  cayó la ciudad de Durango,  cayó San Andrés Tuxtla, cayó San Andrés Tuxtla, y, sobre todo, cayó  Agua Prieta  y durante su caída descalabró a varios mirones estadounidenses. Estados Unidos puso el grito en el cielo. La revuelta se complicaba y ahondaba. El gobierno de Díaz decidió entonces el diálogo con los rebeldes.  Se juntaron para parlamentar representantes gobiernistas e insurrectos en Ciudad Juárez.  No hubo manera de arreglarse.  El General Díaz manifestó:  “La opinión pública se uniformó demandando determinadas reformas políticas y administrativas, y a fin de satisfacerla, tuve la honra de informar… que era mi propósito iniciar o apoyar las medidas que reclamaba  la opinión… Al mismo tiempo, los cambios políticos y administrativos de la Federación y de algunos Estados, esto es, nuevo gabinete y remoción de varios gobernadores,  constituyen otra prueba inequívoca de la sinceridad con que el Gobierno de la República procura interpretar las aspiraciones de la gran mayoría de la Nación… El Gobierno… ha querido probar su deseo de restablecer la paz por medios legítimos y decorosos. Algunos ciudadanos patriotas y de buena voluntad ofreciéronse  espontáneamente a servir de mediadores con los jefes rebeldes… El resultado de esa iniciativa privada fue, como se sabe, que se concertara una suspensión de hostilidades… para que, durante la tregua conociera el Gobierno las condiciones o bases a que había de sujetarse el restablecimiento del orden… La buena voluntad del Gobierno y su deseo de hacer concesiones amplias…fueron interpretadas, sin duda, por los rebeldes como debilidad  o poca fe en la justicia de la causa del mismo gobierno;  ello es, que las negociaciones fracasaron… El fracaso de las negociaciones de paz tal vez traerá consigo la renovación y el recrudecimiento en la actividad revolucionaria. Si por desgracia fuera así, el Gobierno, por su parte,  redoblará sus esfuerzos …para someter a la rebelión dentro del orden.

Cada día del  mes de mayo fue una caja de sorpresas.  El  diez cayó Ciudad Juárez  en poder de los maderistas. Las pocas fuerzas  personales  del anciano presidente y de su ejercito especializado en desfiles,  condujeron a la reanudación de las pláticas de paz en Ciudad Juárez,  el 17 de mayo.  Madero se oponía a una ruptura total  con el régimen.  Don Francisco Vázquez Gómez  tuvo que perseguirlo con la pluma en la mano alrededor de una mesa para que firmara unas condiciones de paz que incluían la renuncia de Díaz y el vicepresidente, y  “la renovación total del gabinete”.

Los enviados de Díaz firmaron los convenios de Juárez el 21 de mayo. El 22  fueron conocidos  en la capital los términos de lo convenido. El 24 hubo manifestaciones callejeras  contra el Gran Dictador.  Desde los barrios y los suburbios capitalinos, multitudes alborotadas  recorrieron las calles gritando mueras a Díaz y vivas a la revolución.  El 25 Porfirio Díaz presentó su renuncia y puso provisionalmente en la Presidencia  a Francisco León de la Barra.

El Derrocado hubiera salido de la ciudad de México, el mismo día de su renuncia,  pero no pudo.  “Cayó  en cama  víctima de graves dolores,  infinitamente agravados por las manifestaciones callejeras. Al dia siguiente, en la noche  y a pie,  sin más compañía que el Presidente del Ferrocarril Mexicano  – según cuenta Daniel Cosío Villegas –  Porfirio se dirigió a la estación para trasladarse al puerto de Veracruz “. Durante el viaje le llovieron  al prófugo las condolencias de los importantes y os vituperios de la muchedumbre.  El que haya llorado aquí y allá  no fue demasiado sorprendente.  Por setenta y cinco años padeció “de cierta anestesia de los afectos”  que le hicieron decir  “no tengo, en política, ni amores ni odios”.  Con la senectud le sobrevino la emotividad y la falla de las compuertas de los ojos y la nariz.

En Veracruz, dominaron el sentimiento de lástima y la cursilería.  En la casa de los Pearson, donde se alojó, tuvo que oír cordiales y emocionadas palabras de los munícipes y del gobernador.  Numerosas señoritas de la sociedad veracruzana le llevaron una canasta de flores, puesta en las manos del viejo por una niña.  Los visitante hacían cola y los que menos le decían que lo encontraban muy  mejorado de salud. Por fin, el 31 de mayo  fue conducido al buque que se lo llevaría. Tras recibir honores militares, agradeció a la multitud sus aplausos y su curiosidad,  posó para los fotógrafos en diferentes sitios del Ipiranga, y dijo, sin perder la compostura,  ¡¡ ADIOS!! .

Mientras el derrotado salía por Veracruz, el vencedor entraba por ciudad Porfirio Diaz,  alias Piedras Negras, Coahuila, en medio de un tumultuoso júbilo presidido por Venustiano Carranza.  El 3 de junio  llegó a Torreón, y de ahí en adelante, por dondequiera, oia aplausos,  vivas, repiques de campana y cohetes. A las cuatro horas veintiséis minutos de la madrugada, un fortísimo y prolongado temblor de tierra, una inacabable danza de edificios, por poco echaba a perder el recibimiento capitalino al hombre de la hora.  La curiosidad y el delirio inaugural se sobrepusieron al pánico.

A medio día  hizo su entrada a la ciudad de México el repuesto de Don Porfirio.  Más de cien mil personas de una ciudad de solo medio millón acudieron a aplaudir y a tratar de ver al menudo derrumbador  del gigante.

La pregunta “Después de Díaz, ¿ Que?”  quedaba contestada.

Los que venían esforzándose por “provocar un saldo y pasar a un nuevo capitulo”  de la historia de México, estaban servidos.

La era que se inauguró en 1867 había explotado con un simple alfilerazo.

Hasta  aquí por  hoy, respetados lectores. Termino la etapa histórica del porfiriato y observo  que el interés despertado entre los seguidores de este trabajo por leerlo y asomarse a la historia ha sido considerable. El autor concibió la idea de transcribir estas paginas de nuestra historia apoyándose en la Historia General de México,  Primera edición, escrita y publicada  por El Colegio de México, libro que recomiendo que los que no lo han leído lo hagan.

¿ y por que  el porfiriato ? Por que en esa etapa México sufría de grave violencia, inseguridad, asaltos en todos los caminos, bandoleros, asesinos y ladrones.

¿Les suena conocido?

Y me pregunté:  ¿Cómo le habrá hecho Porfirio Diaz para tranquilizar al país, para imponer el orden y buscar el progreso  ¿Para impulsar el desarrollo del país? Lamentablemente con el paso del tiempo  Porfirio Diaz se convirtió en un dictador  y no supo retirarse a tiempo.

Y   de esa simple pregunta surgieron esta serie de artículos.

No cabe duda: Hay que conocer la historia para aprender de ella  y no repetir los errores cometidos en el pasado

Muchas gracias por su atención.

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