LA CULTURA MEXICANA EN EL SIGLO XX

15/diciembre/2017 Por Rafael Catalán Valdés

MUY  ESTIMADOS LECTORES :-  Una  explicación y  una disculpa  para explicar a ustedes el lapso de varias semanas en que no he escrito estos artículos:  Por una parte una lesión que sufrí,  y sufro  desde hace varias semanas,   que el autor sufrió en una partido de frontenis,  específicamente una hernia de disco en la columna vertebral,  y que no me permitía pasar largos tiempos escribiendo ante mi lap top.  Afortunadamente parece que ya estoy bien y ya me dio de alta el doctor. Créanme:  No saben como extraño el no poder estar en comunicación con los seguidores de este blog. Estimo que ya  podré reanudar los artículos cada semana. Mientras tanto, vaya un saludo afectuoso a ustedes.

1.- Las páginas que siguen intentan concretar un panorama, no exhaustivo sino significativo, de algunos de los más notorios procesos culturales de México en el siglo XX.  En lo básico, el trabajo se ha centrado en la descripción de procesos de la alta cultura, con sus grupos  y personalidades consagradas. Por tanto, fuera de ciertos aspectos del teatro y del caso del cine, se ha prescindido  del examen cada vez más indispensable de las formas mayoritarias de la cultura popular  y del  análisis consiguiente de los medios masivos de difusión.  También, segunda limitación confesa, no se han considerado procesos tan determinantes como el de la prensa, uno de los vehículos principales de la cultura e incultura política que, entre otras aportaciones, ha dado aguda y creativa noticia de las petrificaciones y modificaciones del lenguaje.

2.-  Una convención como punto de partida de estas notas:  para nosotros, el siglo XX  ( o sea, la posibilidad de acceder en tanto sociedad –  todo lo precariamente que se quiera y con las connotaciones clasistas  del término  “sociedad” en nuestro medio  –  al espíritu y a la vida modernos, tal y como se registra la modernidad  en y desde los centros imperiales de poder )  se inicia en 1910  con la Revolución Mexicana.  Aclaración  casi innecesaria:   Por Revolución Mexicana no he entendido aquí  tan solo el movimiento armado que se delinea con el Plan de San Luis,  codifica triunfos y aspiraciones  y proclama su legitimidad formal con la Constitución de 1917, para articular después a través de aparatos de control como  el Partido Nacional Revolucionario  ( Partido Revolucionario Mexicano/  Partido Revolucionario Institucional)  y la Confederación de Trabajadores de México, su institucionalidad política, su cabal  configuración de Estado fuerte, su eficacia para retener y transmitir el mando de modo casi siempre pacífico.  También, en el concepto de Revolución Mexicana participan: a) la perspectiva unificadora  proporcionada oficialmente  para hacer estable y  legible  a la realidad mexicana,  perspectiva fundada en un dictum:  el Estado  es la entidad  mas allá de  las clases, y mas allá de la lucha de clases ;  b)  las líneas de conducta  individuales  y sociales que las clases dominantes  aceptan como ejemplares  y de validez universal  y  c) complementariamente, la visión ideológica en torno a la cultura y la sociedad que, formulada o no de modo explícito, ofrece y/o  acepta  el Estado.

3.-  La siguiente hipótesis quiere ser definitoria: en lo cultural  la Revolución Mexicana  (en este caso, el aparato  estatal)  fuera del periodo de Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública  y del proyecto Cardenista, ha carecido de pretensiones teóricas y ha oscilado en sus intervenciones  prácticas, sin que en ello  advierta  contradicción :  de las amplitudes y estrecheces  de un nacionalismo cultural al frecuente oportunismo de una actitud ecléctica, del afán monolítico a la conciliación.  Por lo general  –  y esto resulta mas notorio si se anota cierta excepcionalidad del cardenismo –   al sistema político le ha interesado modular y acumular  cualquier ambición doctrinaria. Esto, traducido en la ausencia de una política cultural rigurosa y coherente, no ha amenguado la  decisión autocelebratoria,  pero si ha omitido un hecho central de los países dependientes:  el predominio de los aspectos coloniales de su cultura, la penetración ideológica del proceso de dominación imperial,  la adopción masiva, irracional y mimética de los procesos metropolitanos. Por otra parte, hay una cultura de la Revolución relativamente independiente en las artes plésticas, la novela, el cine y la danza.

4.-  Los intelectuales  del porfirismo  veían en la cultura  occidental  a la fuente y la razón de ser de su legitimidad.  Sin negar esto en lo fundamental, los rpresentantes más radicales de la Cultura de la Revolución Mexicana (durante las décadas de los veintes y los treintas )  declararán a la  Revolución el tamiz  indispensable para cualquier proceso cultural  e intentarán,  fenómeno radicalmente nuevo,  ponderar la novedad universal,  la contribución innegable  de sus tareas y hallazgos. Esta lucha de afirmaciones que se manifiesta en ocasiones  como el enfrentamiento entre “cosmopolitas”  y  “nacionalistas”  va menguando  a medida que el Estado se consolida y, al atenuarse  o extinguirse  el vigor de su credibilidad original, se reduce igualmente  la urgencia de utilizar al arte y a la cultura como vehículos de propaganda externa e interna. Cuando, por ejemplo, los dirigentes del Estado creen agotadas las posibilidades de uso político del muralismo, sin abandonarlo de palabra patrocinan también un arte antitético.  El valor de la novedad universal  que representó el muralismo se sustituirá  por el presunto valor del prestigio internacional  ( prueba de la madurez de México)  de las corrientes que ahora se estimulan. Los apologistas de la Escuela Mexicana de Pintura han afirmado  que esta transformó la conciencia nacional. Lo más visible, sin embargo, no son las obras de arte específicas  y su poder de movilización o inmovilización políticas, sino el manejo por parte del Estado de las mitologías que estas obras desprenden y mantienen.

5).- La función  de la “cultura de la Revolución Mexicana”  ha sido, las más de las veces, ir legitimando al régimen en turno aportando una atmósfera flexible y adaptable a las diversas circunstancias  políticas,  capaz de ir de la consigna monolítica  “No hay mas ruta que la nuestra”  al mercenazgo  simultáneo de corrientes opuestas. Esta labor se mueve en el contraste:  lo que el Estado suele proclamar, sin mayores ánimos de ser creído ( el nacionalismo que debe cohesionar a una colectividad)  se ha enfrentado , de modo débil y aislado, a la proliferación victoriosa  de la cultura neocolonial… y a las dificultades de ubicar  críticamente lo que significa la alta cultura, sus formas expresivas y su noción fundadora: En lo básico México pertenece  incondicionalmente  a la cultura occidental,  a cuyo banquete se llega tarde pero con entusiasmo. El uso político de esta “cultura de la Revolución Mexicana”  ha invalidado cualquier examen crítico  de la tradición (por lo contrario, ha estimado que tradición es acumulación acrítica)  y ha conducido al manejo superficial e incrédulo de las prácticas nacionalistas. A pesar de etapas innovadoras y brillantes , el nacionalismo cultural ha desembocado no en un rechazo político de la cultura de las metrópolis y sus variantes locales, sino en la arrogante petición de reconocimiento de existencia.

6).-  En el campo cultural han actuado vastamente algunos elementos ideológicos del aparato estatal, elementos que así se perfeccionen, estabilicen o deterioren en el amplio periodo 1917 – 1975, siguen desembocando sustancialmente en lo mismo:  El  progreso como justificación y sentido último  de México”.

El  Estado contempla en el “progreso”  (y en su noción sucesora,  “el  desarrollo” )  el sentido real y único  de la historia nacional. Así no se avance visiblemente, tampoco se retrocede:  es cierto que “el progreso”  adviene con exasperante lentitud, y que en las grandes crisis se le niega en forma drástica,  pero el optimismo se nutre de las comparaciones :  en relación con los otros países latinoamericanos y el relación con nuestra propia historia, vivimos el menor de los males gracias a que nuestro Progreso se origina en una  auténtica   revolución.

No hay paradojas:  la devoción por el “progreso”  rechaza con vehemencia el pensamiento utópico (al “progreso” se llega por la política “realista”) y afirma como valor máximo la sobrevivencia:  la singularidad eficaz de la vía mexicana al “desarrollo”  se prueba, digamos, recordando la vecindad con Estados Unidos, es decir, la imposibilidad en este siglo de otra revolución  mexicana. La urgencia de seguir creyendo en el Progreso lo determina todo, incluso la conciencia azarosa de vivir en un país experimental  donde las tradiciones por excelencia son la improvisación continua y el rechazo de la tradición.

Hasta aquí por hoy, estimados lectores. Espero que todos estén disfrutando  de las fiestas navideñas. Espero que vivamos en paz. Espero que la inseguridad disminuya. Espero muchas cosas más, algunas inalcanzables pero otras posibles. Espero que la incertidumbre que trae consigo un proceso electoral no sea la causa de violencia. Espero que quien gobierna a los Estados Unidos no haga, ni diga, tarugadas.

MUCHAS FELICIDADES,  QUERIDOS LECTORES. FELIZ  AÑO DE 2018.

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