LA EVOLUCION DE LAS ARTES EN MEXICO … 1910 – 1970 (2)

27/noviembre/2017 Por Rafael Catalán Valdés

 

Un  artista mas o menos solitario,  Saturnino Herrán, recogió por esos años  el viejo y ahora renovado ideal de una pintura mexicana que representara las aspiraciones  y el carácter nacionales. De alguna manera estaba claro que el péndulo regresaba y México volvía a tratar de entenderse a si mismo como diferente y no como igual a Europa;  el ideal estaría en lo propio y no en el reflejo de  Del Viejo Mundo.  Herrán resulta un moderno en su momento, abandona el academicismo, con su dibujo naturalista y su colorido convencional;  del impresionismo,  ni se entera, porque no proporcionaba elementos útiles en la tarea que el se había destinado;  parte, en cambio, de lo que proporcionaba Zuloaga,  Chicharro y los españoles de esa  hora: un sintetismo formal con buena carga  expresionista, un colorido seco pero variado y  novedoso. Pinta criollas,  tehuanas, chinampas llenas de flores,  preanunciando la dimensión épica que no mucho tiempo después  daría a esos temas la pintura mexicana.  En  El Cofrade  alcanza una tensión expresiva muy relevante.  En  sus dibujos para un gran friso destinado al Palacio de Bellas Artes (Nuestros dioses)  muestra toda la aspiración de su pintura como una manera de dar razón de  la realidad histórica mexicana;   ahí, la figura central, Coatlicue,   con un cristo superpuesto, resume su intención;  y de alguna manera anuncia lo que vendría después.

Lo que vendría después se haría presente, en forma entusiasta  y exaltada a partir de 1921. El primer régimen revolucionario estable, el de Alvaro Obregón, lleva a la rectoría de la Universidad y después  a la nueva Secretaría de Educación Pública,  a José Vasconcelos, dotado de poderosa imaginación y de indudable capacidad para hacer las cosas. José Clemente Orozco diría mucho más tarde en su Autobiografía,   (1943),   que la pintura mural se encontró en 1921  “con la mesa puesta”, haciendo con esto una alusión a que las ideas y los ensayos para una pintura nacional y monumental eran moneda corriente entre los jóvenes.  Pero no cabe duda de que la poderosa personalidad de Vasconcelos, el apoyo del General Obregón y el ambiente en ebullición y de gran optimismo del México revolucionario de entonces, fueron todos factores decisivos  en el surgimiento de lo que se llamaría la “escuela mexicana”.

Vasconcelos hace venir de Europa a Rivera y a Montenegro, recoge a los que aquí estaban y eran recogibles,  y les ofrece los muros de los edificios públicos para llevar adelante un programa ambicioso y de hecho sin precedente. Rivera empieza a pintar  a la encáustica  en el anfiteatro Bolívar de la Universidad, y Montenegro en la ex-iglesia de San Pedro y San Pablo. Al ir haciendo camino ellos, y quienes estaban alrededor toman conciencia de su tarea, se agrupan en un Sindicato de artistas revolucionarios:  surge así  el programa explícito del movimiento:  El Manifiesto del Sindicato, dirigido, significativamente,  a los campesinos, los obreros, los soldados de la Revolución, los intelectuales  no comprometidos  con la burguesía.  El manifiesto proponía un arte público para todos,  y por lo tanto monumental,  descalificaba como inútil a la pintura de caballete;  reconocía como fuente inspiradora al arte popular mexicano, el que pregonaba “el mejor del mundo”  y pedía un arte para la revolución que actuara sobre el pueblo para encaminarlo a adelantar el proceso revolucionario. Si bien el manifiesto fue contradicho por la práctica de los pintores al dia siguiente de haberlo firmado, no por eso dejó de ser  la piedra de toque para todos ellos , y el gran  documento programático que de alguna manera sustenta el movimiento pictórico muralista.

Durante los casi treinta años siguientes a su aparición, la pintura mexicana “muralista” conoció un éxito nunca antes logrado – ni remotamente –  por ningún movimiento artístico  de este lado del Atlántico y produjo un buen racimo de obras maestras que por sus méritos quedan inscritas  en la historia del arte universal. Obtuvo un reconocimiento más allá de nuestras fronteras  y llegó a influir  a los movimientos artísticos  de no pocos  países y a causar impacto  en Estados Unidos.

Aparte del genio de sus mayores creadores, hay varios elementos que es importante tener en cuenta para entender su éxito.  En primer lugar,  que independientemente de las características personales de cada artista  – diferentes  y aun en más de un sentido contradictorias  –  existió una noción  de grupo, de ahí lo legítimo  del término “escuela”  aplicado al movimiento;  todos participaron en un primer momento de un entusiasmo común y de ideales similares.  Esto dio la cohesión que haría posible mas tarde llamar al fenómeno  “El Renacimiento Mexicano”. Por otra parte la escuela, a contrapelo de lo que significaban los movimientos parisinos, al proponer un arte público  traía el viejo problema de volver al arte un función específica  en el medio social;  y en este sentido es uno de los esfuerzos  mas estructurados  que se han hecho en este siglo. Desde su aparición hasta nuestros días ha sido lugar común  entender  la pintura de la escuela mexicana como producto directo del movimiento revolucionario;  pero si bien la coyuntura  del régimen de Obregón y el general entusiasmo del país  son factores nada despreciables , sería muy limitado explicar las cosas por solo esa circunstancia. De hecho, los pintores al iniciar su aventura tenían entre pecho y espalda  asimilada  buena parte de las novedades que habían arrojado los movimientos europeos de las dos primeras décadas del siglo; lo importante es la manera en que se sirvieron de esa experiencia asimilada para los requerimientos de la gran decoración mural y de los programas didácticos, filosóficos o históricos  que esta implicaba. Y en eso reside su grandeza,  en haber podido recoger  la experiencia de la vanguardia europea y reproducirla  en otro contexto. Por primera vez américa no produjo buenas copias, sino que dio resultados originales que incluían los modelos presupuestos.

Un componente central de la escuela es su nacionalismo. Buena parte de su éxito local y aun algo del internacional dependen de él. Por fín se había logrado el acariciado sueño de crear una escuela nacional, por fin se había conseguido forjar un arte que, siendo propio se expresara en un lenguaje universal

Hasta aquí por hoy. Mañana continuaré. Un afectuoso saludo.

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