LA EVOLUCION DE LAS ARTES EN MÉXICO… 1910-1970

26/noviembre/2017 Por Rafael Catalán Valdés

En más  de un sentido la cultura de México parece estar compuesta  por sucesivos momentos  en que se alternan épocas de apertura y  épocas de cerrazón. Parece constitutivo  de la cultura mexicana su ambivalente situación con respecto a la cultura europea  u  occidental,  de la misma manera  que, en mayor o menor grado, ese fenómeno ambivalente es propio de toda la América Latina.  Nuestros  países pueden ser entendidos como pertenecientes  – así sea marginalmente –  al ámbito de la cultura  occidental, como contradictorios  o como  más o menos  ajenos a ella. Para  el caso de México, esta ambivalencia,  que se refleja en la doble posibilidad de interpretación, se ha resuelto en el tiempo como una  sucesión de momentos contradictorios que se sustentan en complejas :  nos hemos postulado alternativamente como iguales o como diferentes a Europa, al  Occidente;  saltamos del regodeo en lo propio, la búsqueda y complacencia en lo que nos hace diferentes, que se presenta como un valor precisamente por diferente y exclusivo  nuestro, a  – en el momento histórico siguiente – el susto por quedarnos atrás, con perder el paso con respecto al mundo. Las dos posibilidades  de interpretación se han presentado de manera diversa cada nueva vez que hacen su aparición; no se trata precisamente de un  corso e ricorso, sino simplemente de que en determinadas circunstancias prevalece y se impone una de las posibilidades interpretativas sobre la otra. Por eso mismo, porque el hecho constitutivo no ha resuelto su contradicción, no ha resuelto su contradicción, no puede extrañar tampoco  que en una época de “apertura”  ( o susto)  persistan , aunque sin llegar a imponerse, elementos que serían más pocos de la “cerrazón” (o regodeo ), y viceversa.

Para fines de la época porfiriana, así como el sentido de un régimen surgido  de la lucha liberal se había alterado notablemente, también se había modificado el sentido de las manifestaciones culturales. México se encontraba, para el caso, en lo que podríamos llamar época de apertura con respecto al exterior. Esto se manifestaba en el deseo pregonado de ser un país “civilizado”, “a la altura de las naciones cultas del mundo”. Atrás habían quedado los ideales de los prohombres de la cultura nacionalista de la Reforma, que habían insistido en la necesidad de crear un arte nacional, una “escuela mexicana”, todavía en los primeros años del régimen tuxtepecano: Ignacio Manuel Altamirano, López  López, Olaguibel o el mismo José Martí.  También había quedado atrás en ideología – aunque esporádicamente se practicara aún, el arte más o menos fallido a que había dado lugar aquel entusiasmo: pinturas como  El tormento de Cuautémoc de Leandro Izaguirre o esculturas como el Cuauhtémoc de Noreña.  Y si José María Velasco, el talentoso paisajista que (ajeno a la ideología liberal) había dado una vuelta sutil a la interpretación nacionalista reflejando en sus obras hitos históricos del país, seguiría pintando hasta 1912, no iban a él los entusiasmos de la joven cultura mexicana de los primeros años del siglo.

Estos iban, en cambio y precisamente,  a aquellos artistas que  _independientemente del talento de cada uno – encajaban sin mayor problema dentro del tipo de arte propio de la Europa de fin de siglo.  Gente mas joven, que había viajado a París  o a las ciudades alemanas del último romanticismo y del simbolismo, y que había asimilado no solo los estilos, sino aun el modo “bohemio” de vivir. En México pintaban, grababan o dibujaban como lo habrían hecho en Europa, y arrastraban por cafés, cantinas, cervecerías y burdeles su vida bohemia:  Quizá más esta imagen de su arte que la inversa.  La Revista Moderna (casa, club y órgano, precisamente, de los “modernistas” literarios)  les encargaba viñetas y festejaba cada vez que atravesaban el Océano.  Los más notables de entre ellos  son Julio Ruelas  y Jesús Contreras.  Ruelas, pintor, dibujante, grabador es el caso más claro del artista simbolista;  su obra, no por su cercanía con sus contemporáneos  de allende el mar carece de personalidad ni de fuerza ni de fineza.  Asimiló y fue uno de los importantes exponentes de las formas decorativas que forjaba el entonces art  nouveau;  su pintura, inmersa en esa especie de marasmo enfermizo  del paso entre los dos siglos, resulta pasto apetecible para las interpretaciones para las interpretaciones psicologístas;  al fin de su vida realizo grabados de muy alta calidad, entre los que destaca “La Crítica”.  Jesús Contreras tarticipa de semejante sensibilidad afila y quebradiza;  aunque su fama lo llevó a aceptar encargos civiles (Monumento a la Paz, en Guanajuato. Aflora mucho más su personalidad en obras más íntimas: Malgre tout, ” figura femenina en mármol,  realizada cuando había ya perdido  un brazo,  resume su actitud sentimental.

La estirpe de Ruelas y Contreras  subsistió todavía con el escultor Enrique Guerra (1871-1943)  que sin embargo busca un sentido heroico y  monumental, procedente de los nuevos aires que Maillol y Bourdelle  hacían soplar;  en el pintor simbolista Germán Gedovious;  y alcanzó incluso a un joven que después recorrería eclécticamente medio siglo de la historia del arte en México:  Roberto Montenegro.

Al mismo tiempo que eso sucedía, ignorados en todo y por todo de la alta cultura, trabajaban  en la ciudad de México dos grabadores extraordinarios, cronistas nato de la realidad y la fantasía de un ambiente urbano de medio pelo para abajo,  que tenía el descaro  de  -inconscientemente-  restregarles en la cara a los señores de la cultura en México, a pesar de que, lo que ellos quisieran, no era Paris.  Manuel Manilla y Guadalupe Posada serían los representantes de una “contracultura”  porfiriana, de la misma manera en que lo son los corridos y juguetes teatrales que publicaba en ediciones baratísimas  Vanegas Arroyo, ilustrados precisamente por ella.

 

Hasta aquí por hoy, respetados lectores de este blog. Cuídense mucho.

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