LA POLITICA EXTERIOR…

27/noviembre/2017 Por Rafael Catalán Valdés

LA  POLITICA EXTERIOR

Desde la Revolución hasta el final del gobierno del General  Cárdenas,  el país se vio sometido  a una presión constante del exterior  para impedir que prosperaran  los intentos revolucionarios por modificar decisivamente la situación de predominio que los  inversi0nistas extranjeros  tenían sobre el sistema económico nacional, en particular  los norteamericanos.  La administración de Avila  Camacho se vio ya en condiciones distintas.  La necesidad del gobierno norteamericano de consolidar un frente común latinoamericano ante la embestida  alemana  y japonesa, le llevó a insistir en la creación  de un espíritu de cooperación con sus vecinos del sur. La desaparición del radicalismo cardenista  mejoró las relaciones  entre el régimen y los capitalistas extranjeros. Dado el énfasis  en la industrialización, el gobierno mexicano se esforzó por que  se reanudara el flujo de capital extranjero  que se había casi detenido con la Revolución.  Había, sin embargo, una diferencia con el pasado:  este nuevo capital  ya no volvería a entrar en las áreas nacionalizadas, a pesar de que algunos de los intereses expulsados presionaron por algún tiempo  para cambiar esa política. Las industrias y servicios básicos poco a poco quedaron en poder del Estado o de inversionistas nacionales. A los ferrocarriles  y petróleo nacionalizado por Cárdenas se fueron añadiendo toda la red de comunicaciones y transportes  más la producción de electricidad y  la petroquímica  y,  para principios de la década de 1970, casi la totalidad de la industria minera.  La nueva inversión extranjera se fue concentrando ya no en los servicios públicos y en la producción de materias primas para el mercado externo  sino en bienes  manufacturados  para satisfacer la demanda interna.

A fines  de 1941, concluido el cardenismo y ante la lucha en Europa y Asia, México y Estados Unidos pudieron llegar a un acuerdo  que definitivamente  mostraba que la etapa de las confrontaciones había terminado.  En noviembre, ambos países convinieron en liquidar el conjunto de sus reclamaciones  generales que venían arrastrándose de tiempo atrás por daños causados por la Revolución.  México tuvo que pagar 40 millones de dólares, pero Washington le otorgó un crédito por una suma similar para estabilizar el peso, facilitando el cumplimiento inmediato del acuerdo.  El departamento del Tesoro volvió a adquirir plata mexicana en grandes cantidades (las compras se habían suspendido  por la expropiación petrolera).  Finalmente, México recibió un segundo crédito  por 20 millones de dólares, para rehabilitar su sistema de transporte, facilitando la salida de las materias primas que Estados Unidos  necesitaba para la guerra. Al año siguiente, y a pesar de la gran oposición de los directivos de la Standard Oil de Nueva Jersey, Washington decidió  dar un nuevo paso y liquidar el último problema que había entre los dos países: la compensación a las compañías petroleras norteamericanas expropiadas en marzo de 1938. Se nombró una comisión con representantes oficiales de los dos países que determinaron la suma a pagar a las empresas norteamericanas, que sería de 24 millones de dólares y un plazo de varios años. El departamento de Estado informó entonces a los petroleros quede no aceptar esa solución, no podían esperar mas ayuda oficial. En octubre de 1943 la Standard Oil  aceptó a regañadientes los términos del acuerdo. El convenio de los ingleses vendría mas tarde, con Miguel Alemán.

La reacción mexicana ante este cambio en  la política de su vecino del Norte no se hizo esperar:  el 30 de mayo de 1942, después del ataque japonés a Pearl  Harbor  y del hundimiento de dos buques- tanque  mexicanos por submarinos alemanes, el gobierno de Avila Camacho  declaró la guerra a las potencias del Eje  y el 14 de junio firmaba el pacto de las Naciones Unidas. Así, tras varias décadas de pugna, México y Washington se convirtieron en aliados, situación que no dejó de producir sorpresa  -y aun desagrado-  en la opinión pública mexicana, a quien le llevó algún tiempo asimilar las consecuencias del cambio. El 20 de abril de 1943 , el Presidente Roosevelt  llegó a Monterrey a entrevistarse  con Avila Camacho:  era la primera vez que un mandatario estadounidense venía a México;  estas visitas, llenas de cordialidad  se repetirían con relativa frecuencia en el futuro.  La contribución propiamente militar al esfuerzo bélico fue simbólica, pues apenas envió un escuadrón  al frente del Pacífico y no llegó a establecer una colaboración más estrecha con los norteamericanos al no permitirse la presencia en territorio nacional  ´de bases estadounidenses. México recibió de todas formas un préstamo por 18 millones de dólares para modernizar su ejército como una medida de precaución. La contribución real  de México a la causa aliada  fue de otro orden. En virtud del tratado de comercio de 1940, una comisión de México y Estados Unidos ideó  planes de producción  y   fijó los precios de las materias primas que México enviaría a su vecino del Norte:  Minerales,  más algunos productos agrícolas;  se estableció también un programa de braceros para contribuir a remediar  la falta de mano de obra agrícola  en Estados Unidos como consecuencia de la guerra. Más aún, México aceptó  que los nacionales de los dos países pudieran cumplir su servicio militar dentro del ejército del otro, con lo cual casi un cuarto de millón de Mexicanos que residían en Norteamérica fueron reclutados por las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

Concluida la segunda guerra mundial la relación política de México con Estados Unidos no varió ya en el fondo, aunque un poco en la forma. Ante la bipolaridad que surgió después de la derrota del Eje (Estados Unidos como líder del mundo capitalista y la Unión Soviética  del socialista) América Latina quedó incorporada a la esfera de influencia Norteamericana.  Sin embargo, dentro de los marcos  permitidos por la llamada “Guerra Fría , algunos países del Hemisferio  optaron por identificarse más que otros con la posición norteamericana.  México  trató de mantener, hasta donde las circunstancias lo permitieron, cierta distancia e independencia.  Esta política era necesaria, tres décadas  de conflicto ininterrumpido con Estados Unidos, a raíz de la Revolución llevaron a los gobiernos mexicanos a adoptar una posición nacionalista que terminó  por constituirse en una de las bases centrales  de su esquema ideológico.

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