EL AÑO 1915 Y EL PERIODO DE TRANSICIÓN

12/febrero/2018 Por Rafael Catalán Valdés

Y con optimista estupor  nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México como país con capacidades , con aspiraciones, con vida,  con problemas propios…no era nada más  una transitoria  o permanente  radicación geográfica  del cuerpo estando  el espíritu domiciliado en el exterior.  Y los indios y los mestizos y los criollos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos…  Existian México y los mexicanos… la Revolución nos creó y mantuvo en nosotros por un tiempo largo, largo, la ilusión de que los intelectuales debíamos y podíamos hacer  algo por el México nuevo que comenzó a fraguarse cuando todavía no se apagaba completamente la mirada de quienes cayeron en la guerra civil. Y ese hacer algo no era, por supuesto escribir o siquiera perorar; era moverse tras una obra de beneficio colectivo.

Daniel Cosío Villegas,  Ensayos y notas.

Sobre la marcha, en el periodo que va del Club  antirreleccionista a la creación del Partido Nacional  Revolucionario, las distintas facciones que se entrecruzan, se eliminan, se oponen  y se funden, van describiendo  una exigencia impostergable:  la conciencia de integración nacional,  el principio unificador  que decida el sentido de las experiencias. Históricamente, la incapacidad de cohesión se ha resuelto en la dictadura prolongada  o en los gobiernos precarios, se ha traducido en la intranquilidad  y la zozobra  como modos típicos de vida.  El miedo ante la destrucción sistemática, la invocación  de las hordas  que amenazan  la existencia misma de la  propiedad  privada, propagan en la pequeña burguesía  y en la burguesía  el deseo compulsivo.  Deseo que en lo teórico  solo se ve servido por sentencias vagas :  hay que evitar los errores ancestrales;  no se debe edificar la patria antes de concebirla como ideal  y sentirla como impulso generoso;  no hay que edificar la patria antes  de merecerla.  Anticiparse  ( gobernar sin un plan minucioso  de reconstrucción moral )  es tener en las manos una forma inerte y hueca. Pero únicamente Vasconcelos  podrá, mas allá del impulso retórico, concretar este programa.

Obtención de conciencia y de merecimientos:  se precisan  nuevas actitudes que se correspondan con (y estimulen  a ) los acontecimientos  vividos, sabidos o presagiados.  La nación va apareciendo  como un resultado inevitable  de las luchas por la concentración del poder,  como una justificación  del mítico millón  de muertos.  La nación se va haciendo con el desarrollo de lo que es común a todos:  un lenguaje  político que es también habla cotidiana;  una moral social configurada a partir del oportunismo y el legalismo;  un repertorio valorativo fincado en el caudillismo.  Los nuevos héroes, originados en la subversión, consagran, con ánimo dual, los valores  de la fuerza y los del martirio.  Al amparo de su personalidad, su triunfo, su leyenda y su drama, se inauguran  visiones del mundo.

La conciencia  emergente es profundamente práctica, así los intelectuales  se empeñen  en volverla metafísica: Falso que los combatientes no sepan porque van a la guerra:  lo que ignoran  es como no ir. Los trenes, los paredones de fusilamiento,  las asonadas y los campamentos son símbolos y realidades de la comunicación.  Hay, así sea provisional, una moral nueva  que es señal inequívoca  de la presencia poderosa  de una revolución social:  la movilidad física  y económica de vastos contingentes es también una movilidad cultural y una transfiguración de las costumbres.  La cultura campesina  y la cultura urbana  ven en el machismo (modelo de  conducta de hacendados y capataces)  el idioma mítico  y la racionalización forzosa  que les proporciona la identidad  inaugural  y relaciona las ideas de muerte y sexualidad.  Al multiplicarse las viudas y los huérfanos,  crece la prostitución.  Por medio de la permanencia  obligada de grupos numerosos  en Estados Unidos se introducen y se amplían criterios.  Disminuye  o se debilita el control clerical sobre las vidas.

La  quiebra temporal del rígido sistema jerárquico se  corresponde con ascensos sociales vertiginosos.  Las exigencias militares obligan al conocimiento y al reconocimiento exhaustivo del país y  – a menudo –  de su capital. Grandes masas de población se desplazan o son desplazadas.  Se agudizan los procesos ya existentes de emigración interna, de entrecruzamiento de razas  y aun de asimilación lingüística.  El insularismo de la mentalidad feudal se ve  quebrantado al relajarse  las lealtades regionales. Se ensanchan cuantiosamente (en comparación con el porfiriato)  las oportunidades educativas. Así se vea frustrada con saña implacable, así no se den los cambios estructurales  requeridos,  así se exprese de manera  primitiva y se maneje con procedimientos  anecdóticos, la revolución social se cumple y es, en su brevedad vigorosa,  definitiva.  Su prestigio es la intensidad con que remueve,  afloja o destruye, los lazos familiares;  con que se proyecta  como un gran nivelador social;  con que altera hábitos mentales y morales y hace inicial procesos  de liberación sexual  o moral  en un saqueo o en una huida;  con que corroe  o  instaura mitologías

Hasta aquí por hoy, muy respetados lectores de este blog.  Seguiremos en próximos días, con un artículo que lleva por título  “Del  caos  de  aquel año”

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