LA MITOLOGIA: ALCANCES Y LIMITACIONES

16/enero/2018 Por Rafael Catalán Valdés

Nuevo-18

La mitología es y no es comprobable. Su raíz  es la visión de la cultura y un criterio de periodización :  La teoría de las generaciones , tal y como la formula Ortega y Gasset  en El tema de nuestro tiempo  ( 1923 ).  La teoría de las generaciones  que facilita a contrario sensu un método de aproximación a las épocas y a los individuos  que han confiado en ella,  que han reverenciado en la cultura  a la suma de obras y  actitudes de las personalidades de  excepción  — es un proyecto  de reconstrucción utópica. Vislumbra en la historia y la cultura a entidades lineales y circulares , cuya noción del tiempo se unifica por medio  de lo que se supone  la conciencia de sus agentes subjetivos. Idealización que iguala y deforma:  la continuidad  decretada  de  las generaciones ;  las imágenes de la cultura como carrera rítmica de estafetas y relevos. Ensoñación de clase:  la teoría de las generaciones restituye la perspectiva  unitaria, destruida por la realidad histórica;  restituye la cada vez más  remota  homogeneidad de una cultura. Fantasía elitista:  cada diez o quince años, núcleos selectos  de la juventud, formados y determinados  por una “vivencia común” desisten críticamente  de la tradición representada por sus contemporáneos de más edad.

Durante el siglo XIX,  un mito como la “conciencia generacional”  no hubiese sido posible  ya que involucra, de un modo temporal pero sistemático, la pérdida de prestigio de nociones entonces no debatibles:  la juventud, la novedad, el papel ejemplar de la tradición.  El mito de la “comunidad generacional” emerge  al afirmarse con solidez  la sociedad burguesa, y para los treintas  resulta  ya indemostrable  al ubicar en un mismo lapso y debido a los acontecimientos políticos  a varias “generaciones”.  La “comunidad generacional” se va debilitando  cuando sus fallas se vuelven demasiado  advertibles:  la inexistencia de una final concepción común entre los miembros de la “generación” /  la falta de acuerdos  sobre un “destino temporal”  idéntico  / el hecho clarificador:  las contradicciones históricas  vuelven irrelevantes  las diferencias entre generaciones.

La leyenda del Ateneo   resulta inevitable:  el sistema político y social vencedor en la Revolución  precisa de la legitimidad integral. Fundar la cultura de la Revolución  en un grupo de la evidente brillantez  del Ateneo es hacerse de bases sólidas. Los historiadores de la cultura oficial eliminan incongruencias, desvanecen contradicciones y disparidades, no toman en cuenta las críticas furiosas de Vasconcelos a sus compañeros, insisten en describir un vasto paisaje fraternal. Queda, a la distancia, un conjunto unívoco, indivisible, cuya tajante y severa mitología requiere, grosso  modo,  de estas precisiones::

a).-  Su importancia política no es tan amplia ni tan demoledora.  Frente a los sectores reaccionarios y feudales del porfirismo,   representan un adelanto, una liberalización , una alternativa :  son la posibilidad de reformas  dentro del sistema, la certidumbre de un comportamiento intelectual de primer orden. Pero su raigambre conservadora es imperiosa. El ensayista Jorge Cuesta es  el primero en atender este ángulo (en 1937) :

….el error de que no se han librado la mayoría de los espíritus conectados  con el Ateneo de la Juventud, que es nuestra “Acción Francesa”;  espíritus que por violentar demasiado a la ética se han visto política  y estéticamente casi desposeídos , y por mantener un orgullo demasiado erguido en el sueño, lo han visto sin fuerza en la realidad… el Ateneo de la Juventud  es… un movimiento tradicionalista, restauracionista del pasado, aunque con la extraña  circunstancia de haber carecido precisamente de una tradición, de un pasado por restaurar. Habría sido neoclasicista  también, seguramente, de haber tenido, legítimo, un monarca a la mano… El Ateneo de la Juventud  se significó con su actitud aristocrática de desdén por la actualidad;  pero su aristocracia  es una ética, casi una teología.

Cuesta supone que la Revolución de 1910  no le permite al Ateneo una tradición fiel y precisa. Creo, por el contrario, que intensifica el fervor ideológico  de que disponen. Si cuentan con un pasado restaurable :  el fervor ideológico de que disponen. Si cuentan con un pasado restaurable: el acervo humanista, la búsqueda de soluciones racionales y espirituales  a la vez. Su utopía,  “el ardor revolucionario tradicionalista”  tiene un antecedente : los cauces místicos  y morales de los jesuitas del siglo 18. El vigoroso conservadurismo de los ateneístas  no les impide constituirse en un puente entre una y otra  etapas históricas y les obliga a perfilarse como un programa:  el deseo de sobrevivencia de una cultura que no juzgan  porfiriana sino occidental y universal  (clásica en su origen)  y a la que se deben.  No es azarosa su indiferencia ante una característica de la vida griega: la democracia. Su afán es distinto y, sin decirlo, aceptan la idea de un despotismo ilustrado, lo que será la vaga conformación programática  de José Vasconcelos como Secretario de Educación Pública y como candidato a la Presidencia en 1929.

Este conservadurismo es una empresa de rescate, preservación y difusión de los “verdaderos valores”. De 1906  a 1914, los ateneístas luchan por conservar, en medio de la catástrofe,  el anhelo minoritario de armonía ,  de goce cultivado de los  sentidos. En 1911, en su discurso recapitulador, Vasconcelos se entega a la retórica:

     Hasta esta cumbre sobre la montaña donde el pensamiento medita a través de las edades, llega el estrépito y el resonar de la revolución  triunfante.  Aquí acogeremos  la tempestad con la firmeza  con que los árboles se entregan  al vendaval, soltando al soplo sus ramas,  y cantando la elevación y la grandeza. Y así como los árboles transforman  la fuerza de los vientos  en canción exaltadora, el espíritu tonaliza  los rumores  colectivos, rima las notas  y da voz  a la canción de la era nueva.

El clasicismo como miraje  clasista. Los ateneístas pretenden mantener la visión del mundo que comportan un lenguaje y una actitud. La revolución finalmente dinamizará la escritura de varios  de varios ateneístas, les agregará ímpetu y flexibilidad. Los participantes de esta tendencia no consienten- influencia, creen en la posesión exclusiva del gran secreto:  el pasado indestructible es su liga con la tradición clásica.  Los ateneístas no serán los fascistas  de la acción francesa, pero sí,  siempre  defenderán con celo terrible a la civilización que conocen y a la que están seguros de emblematizar.

Para los ateneístas, el mundo es impulso vital, derechos  de la metafísica, voluntad y representación,  “el conocimiento como acción, la inteligencia como sensibilidad y la moral  como estética” (Jorge Cuesta) . Es, también, actividad entrañable de reconstitución  (de Regeneración)  cultural.  Volver a los clásicos es adquirir pasado, presente y porvenir, es cobrar identidad  y ser nacional, es captar placenteramente  las circunstancias inmediatas. Casi pudiera decirse  -afirma Jesús Acevedo en “Disertaciones de un arquitecto”– que las humanidades tienen por objeto  hacer amable cualquier presente. Fundarse en el examen de la antigüedad para comprender y aquilatar los perfiles del día,  constituye actividad clásica por excelencia”.

Hasta aquí por hoy, respetados lectores.  En el próximo artículo empezaremos analizando que significan los aportes culturales del Ateneo de la Juventud, y  veremos las contribuciones individuales de los más destacados ateneístas.

Gracias por su atención a lo que aquí  se escribió.  Cuídense mucho.

Retomo este artículo el  jueves 18 de enero del año 2018:

a).-  ¿ Que significan  los aportes culturales del Ateneo de la Juventud ?  A lo largo del siglo, algunas de sus contribuciones individuales serán extraordinarias.  Por ejemplo, Pedro Henriquez  Ureña  (1884-1946), nacido en Santo Domingo y muerto en Argentina, es el humanista latinoamericano por excelencia.  Su labor como maestro, su entendimiento y prédica  de la formación rigurosa, su penetración crítica, son factores que componen una de las primeras experiencias globales de la cultura latinoamericana.  Julio Torri  (1899-1967)  entrega una obra brevísima y sustancial, donde la exactitud verbal y la ironía le dan dirección y extensión a la prosa, le hacen disponer de un sentido del humor insólito y renovador en el medio mexicano.

Alfonso Reyes  (1889- 1959)  es,  al margen de cualquier iconoclasia, una de las grandes vertientes de la cultura en lengua hispánica.  Sus libros más valiosos  (El suicida, 1917;  Visión de Anahuac, 1917);  El cazador, 1921;  Cuestiones gongorinas , 1921;  Cuestiones gongorinas, 1927;  Discurso por Virgilio, 1931; Homilía por la cultura, 1938;  Capítulos de literatura española, 1939 y 1945;  La crítica en la edad ateniense, 1941;  Pasado inmediato, 1941;  La experiencia literaria, 1942;  Tentativas y orientaciones, 1944;  El deslinde, 1944;  Grata compañía, 1948;  Letras de Nueva España, 1948;  La X en la frente, 1952;  Marginalia, 1952 ) y el resto de su fecundísima obra son logro y punto de partida generales. Su dedicación cotidiana, su maestría prosística, su decisión de ser -en primera y última – instancia – un escritor, sientan las bases del profesionalismo en la literatura mexicana, un profesionalismo que es también la decisión de conformar  un público,  de practicar un oficio al margen de los vaivenes románticos  de la improvisación.  Reyes no es un impugnador , es un discernidor inteligente (y un vehículo  sistemático de difusión) de aquellos puntos capitales donde la tradición humanista de Occidente se manifiesta como ejercicio de concordia, unidad y continuidad. De modo simultáneo, Reyes mitifica, acendra, congela y preserva  lo mejor de la cultura occidental  (y ahí  ya incluye cierto trabajo latinoamericano).

Como tarea colectiva , el Ateneo es, en cambio y a la postre, solo una renovación voluntariosa  que, al no ser proseguida, se disuelve sin mayores consecuencias y entre signos de admiración. El esfuerzo  se interrumpe:  los ateneístas se dispersan, se aíslan, salen del país. Si bien su proyecto educativo se prolonga de algún modo en la acción de Vasconcelos como Secretario de Educación, su reelaboración de la cultura mexicana  no se consuma. Al positivismo  no lo destruyen: lo desacreditan y le obligan a cambiarse de nombre.  Antonio Caso  (1883- 1946, a quien se le adjudica  la  “Revolución Filosófica” es, a la distancia, el más endeble:  en cátedras, libros, artículos y polémicas una  suele promover, en un fatigoso  acento declamatorio, lecturas indigestas y consignaciones igualitarias y burdas de todas las doctrinas. Su influencia es amplia y  devastadora: casi, él puede encarnar el falso y desolado proceso de  formación cultural de varias décadas. Su “aventura metafísica”  concluye en un confuso y caótico  didactismo que impregna y deforma la enseñanza universitaria.

c).- Los ateneístas no son nunca una ruptura declarada frente al positivismo.  Disienten de la doctrina pero, de un modo básico, se consideran herederos  de lo mejor de quienes la han sustentado. El acto de 1908 en memoria de Barreda no es un dato aislado. En 1910 Vasconcelos revalúa  el significado  de Barreda y le dedica a éste la conferencia  “filial y devotamente”   por haber sabido “pensar su tiempo”. Vasconcelos reconoce  que las enseñanzas positivistas “no solo capacitaron a la civilización mexicana para las conquistas prácticas del orden económico e industrial…sino que también en el orden mental nos legaron una disciplina insustituible”.   Barreda  y los positivistas, pese a sus limitaciones, debido a su fe en el progreso , resultan un estímulo y un acicate, su sinceridad  conduce a descubrir  “insospechadas potencialidades  del ser.

   Por lo demás, varios de entre los principales positivistas  ven con simpatía su empresa.  Ezequiel  A. Chávez, subsecretario de instrucción pública los apoya. Porfirio Parra preside (y aplaude)  los cursos de Caso sobre positivismo y metafísica. Pablo Macedo costea la edición de la serie inaugural de conferencias del Ateneo de la Juventud.

d).-  La “revolución moral” de los ateneístas se organiza en derredor de una idea abstracta: el  heroísmo –  dice Maurice Blanchet –  es el don ambiguo que nos hace la literatura antes de haber tomado conciencia  de si misma. Ese “don ambiguo” en los primeros años del siglo, asume una visión distante  y abstracta  del pueblo y le atribuye  como característica la hazaña y la poesía.  En agosto de 1910 concluye Alfonso Reyes:

               Porque sólo  se unifican los pueblos para la cohesión admirable de la historia, cuando han acertado a concretar todos sus aspectos y sus aspiraciones vitales en algún héroe y todas sus exaltaciones internas, todo el vaho  de idealidad  que flota sobre la colectividad humana,  en las tablas de sentir y pensar que dictan sus poetas.

La obsesión es latinoamericana y la define José Enrique Rodó en Ariel  (“Ayúdate de la soledad y del silencio”) .   La tarea del hombre de letras  – con su alma escrita y su poesía, sus discursos, su cátedra –  es también heroica , en pugna con el conformismo, la manía empirista, el ídolo de la ciencia. El heroísmo es el hallazgo de la vocación y la vocación es descender  a lo profundo del yo  (según la leyenda, el ateneísta Ricardo Gómez Robelo  traduce a  Elizabeth Barrett Browning  en los campamentos revolucionarios). El heroísmo es la vivencia obsesiva del arte  (lecturas de Ruskin, Pater, Oscar Wilde, Winckelmann ) lo que no obsta para el anti intelectualismo de Vasconcelos o Guzmán.

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