DEL CAOS DE AQUEL AÑO

13/febrero/2018 Por Rafael Catalán Valdés

En la mitología cultural,  1915 es un año axial.  En 1915, ensayo publicado en 1927, Manuel Gómez Morín lo fija:

Y en el año de 1915, cuando más seguro parecía el fracaso revolucionario, cuando con mayor estrépito se manifestaban los mas penosos  y ocultos defectos mexicanos y los hombres de la revolución vacilaban  y perdían la fe, cuando la lucha parecía estar inspirada nomás por bajos apetitos personales ,  empezó a señalarse una nueva inspiración.

El problema agrario tan hondo y tan propio, surgió entonces con un programa mínimo definido ya , para ser el tema central de la Revolución. El problema obrero fue formalmente inscrito, también, en la bandera revolucionaria. Nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos.  El petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas. Y en un movimiento expansivo de vitalidad, reconocimos la sustantiva unidad Ibero Americana, extendiendo hasta Magallanes el anhelo…  del caos de aquel año nació la revolución. Del caos de aquel año nació un nuevo México, una idea nueva de México  y un nuevo valor  de la inteligencia en la vida.

Quienes no vivieron en ese año de México, apenas podrán comprender  algunas cosas . Vasconcelos y Alfonso Reyes  sufren todavía  la falta de esa experiencia.

Lo mitológico se ha establecido con el apoyo de los hechos :  En 1915, Azuela publica Los de Abajo  como folletón;  en 1915, un volumen de reflexiones  de Martín Luis Guzmán La  Querella de México, con un implacable inicial:  “Padecemos penuria del espíritu”;  En  1915  Antonio Caso dicta un curso de estética  en la Escuela de Alto Estudios   y  un ciclo en la Universidad Popular  que editará provisionalmente en 1916  (La existencia como economía,  como desinterés  y como caridad.  A los cursos asisten los poetas  González Martínez,  López Velarde,  el pintor Saturnino Herrán y un grupo  brillante de jóvenes que serán conocidos como los “Siete Sabios”,  decidido a encontrar una  explicación de los acontecimientos y de su propia agitación interior.

Otros acontecimientos a contracorriente. En diciembre de 1914, al ocupar la capital los ejércitos campesinos de Villa y Zapata, la revolución popular  conoce su punta mas alto. La vieja oligarquía  está en retirada y la nueva burguesía aún no afirma su dominio.  En pocas semanas la situación va cambiando drásticamente.  El 5 de enero de 1915  el ejército constitucionalista recupera Puebla,  el 6 de enero se emite la ley carrancista de reforma agraria,  que reconoce  el derecho de los pueblos a la dotación de tierras y dispone la devolución de todo lo arrebatado en contravención a la ley juarista de 1856. A fines de enero, Obregón  recupera la capital  y se enfrenta con energía al encarecimiento  y la escasez de víveres.

El 17 de febrero se firma en Veracruz  un pacto entre el constitucionalismo y los sindicatos  de la Casa del Obrero Mundial. El gobierno de Venustiano Carranza reitera las promesas de mejoras y organizan los ” Batallones Rojos” de obreros. El 6 de abril se inicia en Celaya la primera de las grandes batallas que se epilogarán , a fines de año, con la derrota irremisible de la División del Norte. Obregón  abandona y vuelve a recuperar la capital.

1915 es una fecha legendaria y un año límite:  culmina la etapa mas desastrosa  de la crisis monetaria y financiera, esa “caída  vertiginosa”  de la economía nacional iniciada en 1910;  da comienzo el reflujo de las masas ;  el carrancismo  se afianza en lo militar  y en lo político.

Hasta aquí por hoy estimados lectores.  En próximo artículo veremos  La Generación del 15.  Cuídense mucho.

EL AÑO 1915 Y EL PERIODO DE TRANSICIÓN

12/febrero/2018 Por Rafael Catalán Valdés

Y con optimista estupor  nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México como país con capacidades , con aspiraciones, con vida,  con problemas propios…no era nada más  una transitoria  o permanente  radicación geográfica  del cuerpo estando  el espíritu domiciliado en el exterior.  Y los indios y los mestizos y los criollos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos…  Existian México y los mexicanos… la Revolución nos creó y mantuvo en nosotros por un tiempo largo, largo, la ilusión de que los intelectuales debíamos y podíamos hacer  algo por el México nuevo que comenzó a fraguarse cuando todavía no se apagaba completamente la mirada de quienes cayeron en la guerra civil. Y ese hacer algo no era, por supuesto escribir o siquiera perorar; era moverse tras una obra de beneficio colectivo.

Daniel Cosío Villegas,  Ensayos y notas.

Sobre la marcha, en el periodo que va del Club  antirreleccionista a la creación del Partido Nacional  Revolucionario, las distintas facciones que se entrecruzan, se eliminan, se oponen  y se funden, van describiendo  una exigencia impostergable:  la conciencia de integración nacional,  el principio unificador  que decida el sentido de las experiencias. Históricamente, la incapacidad de cohesión se ha resuelto en la dictadura prolongada  o en los gobiernos precarios, se ha traducido en la intranquilidad  y la zozobra  como modos típicos de vida.  El miedo ante la destrucción sistemática, la invocación  de las hordas  que amenazan  la existencia misma de la  propiedad  privada, propagan en la pequeña burguesía  y en la burguesía  el deseo compulsivo.  Deseo que en lo teórico  solo se ve servido por sentencias vagas :  hay que evitar los errores ancestrales;  no se debe edificar la patria antes de concebirla como ideal  y sentirla como impulso generoso;  no hay que edificar la patria antes  de merecerla.  Anticiparse  ( gobernar sin un plan minucioso  de reconstrucción moral )  es tener en las manos una forma inerte y hueca. Pero únicamente Vasconcelos  podrá, mas allá del impulso retórico, concretar este programa.

Obtención de conciencia y de merecimientos:  se precisan  nuevas actitudes que se correspondan con (y estimulen  a ) los acontecimientos  vividos, sabidos o presagiados.  La nación va apareciendo  como un resultado inevitable  de las luchas por la concentración del poder,  como una justificación  del mítico millón  de muertos.  La nación se va haciendo con el desarrollo de lo que es común a todos:  un lenguaje  político que es también habla cotidiana;  una moral social configurada a partir del oportunismo y el legalismo;  un repertorio valorativo fincado en el caudillismo.  Los nuevos héroes, originados en la subversión, consagran, con ánimo dual, los valores  de la fuerza y los del martirio.  Al amparo de su personalidad, su triunfo, su leyenda y su drama, se inauguran  visiones del mundo.

La conciencia  emergente es profundamente práctica, así los intelectuales  se empeñen  en volverla metafísica: Falso que los combatientes no sepan porque van a la guerra:  lo que ignoran  es como no ir. Los trenes, los paredones de fusilamiento,  las asonadas y los campamentos son símbolos y realidades de la comunicación.  Hay, así sea provisional, una moral nueva  que es señal inequívoca  de la presencia poderosa  de una revolución social:  la movilidad física  y económica de vastos contingentes es también una movilidad cultural y una transfiguración de las costumbres.  La cultura campesina  y la cultura urbana  ven en el machismo (modelo de  conducta de hacendados y capataces)  el idioma mítico  y la racionalización forzosa  que les proporciona la identidad  inaugural  y relaciona las ideas de muerte y sexualidad.  Al multiplicarse las viudas y los huérfanos,  crece la prostitución.  Por medio de la permanencia  obligada de grupos numerosos  en Estados Unidos se introducen y se amplían criterios.  Disminuye  o se debilita el control clerical sobre las vidas.

La  quiebra temporal del rígido sistema jerárquico se  corresponde con ascensos sociales vertiginosos.  Las exigencias militares obligan al conocimiento y al reconocimiento exhaustivo del país y  – a menudo –  de su capital. Grandes masas de población se desplazan o son desplazadas.  Se agudizan los procesos ya existentes de emigración interna, de entrecruzamiento de razas  y aun de asimilación lingüística.  El insularismo de la mentalidad feudal se ve  quebrantado al relajarse  las lealtades regionales. Se ensanchan cuantiosamente (en comparación con el porfiriato)  las oportunidades educativas. Así se vea frustrada con saña implacable, así no se den los cambios estructurales  requeridos,  así se exprese de manera  primitiva y se maneje con procedimientos  anecdóticos, la revolución social se cumple y es, en su brevedad vigorosa,  definitiva.  Su prestigio es la intensidad con que remueve,  afloja o destruye, los lazos familiares;  con que se proyecta  como un gran nivelador social;  con que altera hábitos mentales y morales y hace inicial procesos  de liberación sexual  o moral  en un saqueo o en una huida;  con que corroe  o  instaura mitologías

Hasta aquí por hoy, muy respetados lectores de este blog.  Seguiremos en próximos días, con un artículo que lleva por título  “Del  caos  de  aquel año”

EL HEROISMO ES RECONSTRUCCIÓN Y REGENERACION MORALES

06/febrero/2018 Por Rafael Catalán Valdés

Nuevo-18

MUY  ESTIMADOS LECTORES DE ESTE BLOG:  HAN TRANSCURRIDO  VARIOS  DIAS DESDE MI ULTIMO ARTÍCULO.  ESTE PERIODO DE VACACIONES, FIESTAS Y VIAJES CON LA FAMILIA ME HAN IMPEDIDO PUBLICAR  CON LA FRECUENCIA QUE YO QUISIERA.  UNA DISCULPA MUY SENTIDA. PERO AQUI ESTOY RETOMANDO EL HILO.  ESPERO QUE  TODOS USTEDES ESTEN BIEN, COMO YO LO ESTOY.

El heroísmo es reconstrucción y regeneración morales.  Y a la moral debe entendérsele  como vigor, dinamismo, culto activo del progreso.  En 1917, el poeta Luis G. Urbina recuerda el porfirismo  y lo ve como una etapa  de brillo cultural minada por la pereza y la indiferencia.  ( “Este largo periodo de marasmo espiritual…explica por si mismo la conmoción revolucionaria de México.)  La misma situación –” las virtudes dormitivas del porfiriato” como despojo de los fundamentos creativos de una sociedad:  –la energía de sus élites — la percibe de manera distinta Lombardo Toledano:

Quizás los positivistas ortodoxos…. no alcanzaban a ver el ambiente de esterilidad espiritual creado entre la clase ilustrada del país — la clase directora, en suma— por su tesis agnóstica respecto de los problemas que más preocupan al hombre  y por la doctrina moral que de tal filosofía se deriva.

La preocupación es nítida:  suprimir el positivismo es fertilizar  o fecundar  a la clase directora. Pero también, el positivismo es el último sueño heroico de la burguesía. Lo que sigue, se les presente como se les presente, son acomodos de supervivencia.  Se puntualiza la querella  interna: la burguesía capitalista se consolida mientras prescinde  de su postrer  fantasía épica.

e).-  El marasmo y la desmoralización, situados en términos estéticos, exigen de los ateneístas una respuesta:  la independencia cultural  que es regeneración moral. He aquí una idea fija de los ateneístas:  la autonomía de la cultura es la reorganización  de la sociedad. Para Martín Luis   Guzmán  (en 1915)  esa pobreza denuncia la servidumbre colonial:

Bien a causa de nuestra pereza mental;  bien por estar acostumbrados  al brillo e interés de los últimos aspectos del pensamiento europeo,    no buscamos tener vida intelectual auténtica ni lo que arranca del corazón mismo de los problemas sociales mexicanos. Estamos condenados a cierta condición perdurable de dilettanti.

El caos es inmoralidad, porque la moral es, en última instancia, el verdadero nombre del impulso constructor, del principio de la civilización:

El interés de México es resolver el problema de su existencia normal como pueblo organizado, lo cual le impiden barreras  de incapacidad moral.

Lo reiterativo es lo preciso:  a través  de la reconstrucción moral se adquiere y conforma  la independencia, existe la unidad nacional, se vuelve accesible la normalidad. Y el fundamento  de la moral  es la libertad cuyo cimientos  (razones)  se hallan en la cultura autónoma, exenta de imposiciones políticas. La cultura no debe depender del gobierno,  y sus cambios no deben sujetarse  a las ideas rudimentarias de los políticos. Se impone la  separación  de la cultura y el Estado:  ” será uno de nuestros mejores frutos  de nuestra  lucha  —  afirma Vasconcelos  en junio de 1911  –el cooperar por establecer la ilustración superior  sobre bases independientes sobre bases independientes”.

La revolución, que es obra de los jóvenes,  conseguirá esa libertad. La glorificación del artista  y el intelectual  como seres privilegiados  (” torres de Dios, poetas, pararayos  celestes”,  declama Rubén Dario  culmina en esta imagen de una cultura autónoma  que es una ciudad de Dios. La sinceridad (independiente)  del escritor es el porvenir de la Patria.

El plan de regeneración  moral termina en la demanda de un trato deferencial para los intelectuales.

f)  “Nuestra juvenil revolución triunfó  –  recapitula Henriquez  Ureña  –  superando todas las esperanzas”. La victoria declarada no se disfruta. La mayoría de los ateneístas observa con temor a la revolución,  se repliega,  se aparta. Genaro Fernández Macgregor  es contundente al respecto en sus memorias.  Evoca el ingreso al ateneo de José María Lozano  y Nemesio García Naranjo:

y  como en la primera sesión a que concurrieron suscitaron inmediatamente  el tema político, temí que nuestra asociación cultural se transformara en club y renuncié  a mi carácter de socio. Se dirá que abstenerse  en la cosa pública es falta de patriotismo,  desconocimiento  de los deberes del ciudadano.  Pero en una sociedad incipiente la función política no es la más necesaria;  la priman la de producir y la de educar. ( De El Rio de mi sangre).

No otra es la actitud general  que conducirá masivamente  al huertismo, (Solo Vasconcelos  y Guzmán  participan temporalmente en el  villismo y, con enorme preponderancia,  Luis Cabrera en el Carrancismo).  A los hombres formados o reformados  en los ideales de la Grecia clásica, la revolución se les aparece como el desastre. El orden ideal no acude, no hay sitio para el optimismo,  no hay estímulos concretos para la vida intelectual.  La cultura mexicana depende  de las voluntades íntimas y el contexto de la “renovación espiritual”  es la violencia armada. La dialéctica interna  se fija entre el “amor  a la cultura”  mantenido de un modo pasivo y rígido por núcleos tradicionalistas, y los primeros intentos de adaptar esa cultura tradicional a la contingencia revolucionaria.

Hasta aquí por hoy, respetados  lectores.  Les deseo lo mejor. Ahora si publicaré con la frecuencia acostumbrada.

Atentamente.

LA MITOLOGIA: ALCANCES Y LIMITACIONES

16/enero/2018 Por Rafael Catalán Valdés

Nuevo-18

La mitología es y no es comprobable. Su raíz  es la visión de la cultura y un criterio de periodización :  La teoría de las generaciones , tal y como la formula Ortega y Gasset  en El tema de nuestro tiempo  ( 1923 ).  La teoría de las generaciones  que facilita a contrario sensu un método de aproximación a las épocas y a los individuos  que han confiado en ella,  que han reverenciado en la cultura  a la suma de obras y  actitudes de las personalidades de  excepción  — es un proyecto  de reconstrucción utópica. Vislumbra en la historia y la cultura a entidades lineales y circulares , cuya noción del tiempo se unifica por medio  de lo que se supone  la conciencia de sus agentes subjetivos. Idealización que iguala y deforma:  la continuidad  decretada  de  las generaciones ;  las imágenes de la cultura como carrera rítmica de estafetas y relevos. Ensoñación de clase:  la teoría de las generaciones restituye la perspectiva  unitaria, destruida por la realidad histórica;  restituye la cada vez más  remota  homogeneidad de una cultura. Fantasía elitista:  cada diez o quince años, núcleos selectos  de la juventud, formados y determinados  por una “vivencia común” desisten críticamente  de la tradición representada por sus contemporáneos de más edad.

Durante el siglo XIX,  un mito como la “conciencia generacional”  no hubiese sido posible  ya que involucra, de un modo temporal pero sistemático, la pérdida de prestigio de nociones entonces no debatibles:  la juventud, la novedad, el papel ejemplar de la tradición.  El mito de la “comunidad generacional” emerge  al afirmarse con solidez  la sociedad burguesa, y para los treintas  resulta  ya indemostrable  al ubicar en un mismo lapso y debido a los acontecimientos políticos  a varias “generaciones”.  La “comunidad generacional” se va debilitando  cuando sus fallas se vuelven demasiado  advertibles:  la inexistencia de una final concepción común entre los miembros de la “generación” /  la falta de acuerdos  sobre un “destino temporal”  idéntico  / el hecho clarificador:  las contradicciones históricas  vuelven irrelevantes  las diferencias entre generaciones.

La leyenda del Ateneo   resulta inevitable:  el sistema político y social vencedor en la Revolución  precisa de la legitimidad integral. Fundar la cultura de la Revolución  en un grupo de la evidente brillantez  del Ateneo es hacerse de bases sólidas. Los historiadores de la cultura oficial eliminan incongruencias, desvanecen contradicciones y disparidades, no toman en cuenta las críticas furiosas de Vasconcelos a sus compañeros, insisten en describir un vasto paisaje fraternal. Queda, a la distancia, un conjunto unívoco, indivisible, cuya tajante y severa mitología requiere, grosso  modo,  de estas precisiones::

a).-  Su importancia política no es tan amplia ni tan demoledora.  Frente a los sectores reaccionarios y feudales del porfirismo,   representan un adelanto, una liberalización , una alternativa :  son la posibilidad de reformas  dentro del sistema, la certidumbre de un comportamiento intelectual de primer orden. Pero su raigambre conservadora es imperiosa. El ensayista Jorge Cuesta es  el primero en atender este ángulo (en 1937) :

….el error de que no se han librado la mayoría de los espíritus conectados  con el Ateneo de la Juventud, que es nuestra “Acción Francesa”;  espíritus que por violentar demasiado a la ética se han visto política  y estéticamente casi desposeídos , y por mantener un orgullo demasiado erguido en el sueño, lo han visto sin fuerza en la realidad… el Ateneo de la Juventud  es… un movimiento tradicionalista, restauracionista del pasado, aunque con la extraña  circunstancia de haber carecido precisamente de una tradición, de un pasado por restaurar. Habría sido neoclasicista  también, seguramente, de haber tenido, legítimo, un monarca a la mano… El Ateneo de la Juventud  se significó con su actitud aristocrática de desdén por la actualidad;  pero su aristocracia  es una ética, casi una teología.

Cuesta supone que la Revolución de 1910  no le permite al Ateneo una tradición fiel y precisa. Creo, por el contrario, que intensifica el fervor ideológico  de que disponen. Si cuentan con un pasado restaurable :  el fervor ideológico de que disponen. Si cuentan con un pasado restaurable: el acervo humanista, la búsqueda de soluciones racionales y espirituales  a la vez. Su utopía,  “el ardor revolucionario tradicionalista”  tiene un antecedente : los cauces místicos  y morales de los jesuitas del siglo 18. El vigoroso conservadurismo de los ateneístas  no les impide constituirse en un puente entre una y otra  etapas históricas y les obliga a perfilarse como un programa:  el deseo de sobrevivencia de una cultura que no juzgan  porfiriana sino occidental y universal  (clásica en su origen)  y a la que se deben.  No es azarosa su indiferencia ante una característica de la vida griega: la democracia. Su afán es distinto y, sin decirlo, aceptan la idea de un despotismo ilustrado, lo que será la vaga conformación programática  de José Vasconcelos como Secretario de Educación Pública y como candidato a la Presidencia en 1929.

Este conservadurismo es una empresa de rescate, preservación y difusión de los “verdaderos valores”. De 1906  a 1914, los ateneístas luchan por conservar, en medio de la catástrofe,  el anhelo minoritario de armonía ,  de goce cultivado de los  sentidos. En 1911, en su discurso recapitulador, Vasconcelos se entega a la retórica:

     Hasta esta cumbre sobre la montaña donde el pensamiento medita a través de las edades, llega el estrépito y el resonar de la revolución  triunfante.  Aquí acogeremos  la tempestad con la firmeza  con que los árboles se entregan  al vendaval, soltando al soplo sus ramas,  y cantando la elevación y la grandeza. Y así como los árboles transforman  la fuerza de los vientos  en canción exaltadora, el espíritu tonaliza  los rumores  colectivos, rima las notas  y da voz  a la canción de la era nueva.

El clasicismo como miraje  clasista. Los ateneístas pretenden mantener la visión del mundo que comportan un lenguaje y una actitud. La revolución finalmente dinamizará la escritura de varios  de varios ateneístas, les agregará ímpetu y flexibilidad. Los participantes de esta tendencia no consienten- influencia, creen en la posesión exclusiva del gran secreto:  el pasado indestructible es su liga con la tradición clásica.  Los ateneístas no serán los fascistas  de la acción francesa, pero sí,  siempre  defenderán con celo terrible a la civilización que conocen y a la que están seguros de emblematizar.

Para los ateneístas, el mundo es impulso vital, derechos  de la metafísica, voluntad y representación,  “el conocimiento como acción, la inteligencia como sensibilidad y la moral  como estética” (Jorge Cuesta) . Es, también, actividad entrañable de reconstitución  (de Regeneración)  cultural.  Volver a los clásicos es adquirir pasado, presente y porvenir, es cobrar identidad  y ser nacional, es captar placenteramente  las circunstancias inmediatas. Casi pudiera decirse  -afirma Jesús Acevedo en “Disertaciones de un arquitecto”– que las humanidades tienen por objeto  hacer amable cualquier presente. Fundarse en el examen de la antigüedad para comprender y aquilatar los perfiles del día,  constituye actividad clásica por excelencia”.

Hasta aquí por hoy, respetados lectores.  En el próximo artículo empezaremos analizando que significan los aportes culturales del Ateneo de la Juventud, y  veremos las contribuciones individuales de los más destacados ateneístas.

Gracias por su atención a lo que aquí  se escribió.  Cuídense mucho.

Retomo este artículo el  jueves 18 de enero del año 2018:

a).-  ¿ Que significan  los aportes culturales del Ateneo de la Juventud ?  A lo largo del siglo, algunas de sus contribuciones individuales serán extraordinarias.  Por ejemplo, Pedro Henriquez  Ureña  (1884-1946), nacido en Santo Domingo y muerto en Argentina, es el humanista latinoamericano por excelencia.  Su labor como maestro, su entendimiento y prédica  de la formación rigurosa, su penetración crítica, son factores que componen una de las primeras experiencias globales de la cultura latinoamericana.  Julio Torri  (1899-1967)  entrega una obra brevísima y sustancial, donde la exactitud verbal y la ironía le dan dirección y extensión a la prosa, le hacen disponer de un sentido del humor insólito y renovador en el medio mexicano.

Alfonso Reyes  (1889- 1959)  es,  al margen de cualquier iconoclasia, una de las grandes vertientes de la cultura en lengua hispánica.  Sus libros más valiosos  (El suicida, 1917;  Visión de Anahuac, 1917);  El cazador, 1921;  Cuestiones gongorinas , 1921;  Cuestiones gongorinas, 1927;  Discurso por Virgilio, 1931; Homilía por la cultura, 1938;  Capítulos de literatura española, 1939 y 1945;  La crítica en la edad ateniense, 1941;  Pasado inmediato, 1941;  La experiencia literaria, 1942;  Tentativas y orientaciones, 1944;  El deslinde, 1944;  Grata compañía, 1948;  Letras de Nueva España, 1948;  La X en la frente, 1952;  Marginalia, 1952 ) y el resto de su fecundísima obra son logro y punto de partida generales. Su dedicación cotidiana, su maestría prosística, su decisión de ser -en primera y última – instancia – un escritor, sientan las bases del profesionalismo en la literatura mexicana, un profesionalismo que es también la decisión de conformar  un público,  de practicar un oficio al margen de los vaivenes románticos  de la improvisación.  Reyes no es un impugnador , es un discernidor inteligente (y un vehículo  sistemático de difusión) de aquellos puntos capitales donde la tradición humanista de Occidente se manifiesta como ejercicio de concordia, unidad y continuidad. De modo simultáneo, Reyes mitifica, acendra, congela y preserva  lo mejor de la cultura occidental  (y ahí  ya incluye cierto trabajo latinoamericano).

Como tarea colectiva , el Ateneo es, en cambio y a la postre, solo una renovación voluntariosa  que, al no ser proseguida, se disuelve sin mayores consecuencias y entre signos de admiración. El esfuerzo  se interrumpe:  los ateneístas se dispersan, se aíslan, salen del país. Si bien su proyecto educativo se prolonga de algún modo en la acción de Vasconcelos como Secretario de Educación, su reelaboración de la cultura mexicana  no se consuma. Al positivismo  no lo destruyen: lo desacreditan y le obligan a cambiarse de nombre.  Antonio Caso  (1883- 1946, a quien se le adjudica  la  “Revolución Filosófica” es, a la distancia, el más endeble:  en cátedras, libros, artículos y polémicas una  suele promover, en un fatigoso  acento declamatorio, lecturas indigestas y consignaciones igualitarias y burdas de todas las doctrinas. Su influencia es amplia y  devastadora: casi, él puede encarnar el falso y desolado proceso de  formación cultural de varias décadas. Su “aventura metafísica”  concluye en un confuso y caótico  didactismo que impregna y deforma la enseñanza universitaria.

c).- Los ateneístas no son nunca una ruptura declarada frente al positivismo.  Disienten de la doctrina pero, de un modo básico, se consideran herederos  de lo mejor de quienes la han sustentado. El acto de 1908 en memoria de Barreda no es un dato aislado. En 1910 Vasconcelos revalúa  el significado  de Barreda y le dedica a éste la conferencia  “filial y devotamente”   por haber sabido “pensar su tiempo”. Vasconcelos reconoce  que las enseñanzas positivistas “no solo capacitaron a la civilización mexicana para las conquistas prácticas del orden económico e industrial…sino que también en el orden mental nos legaron una disciplina insustituible”.   Barreda  y los positivistas, pese a sus limitaciones, debido a su fe en el progreso , resultan un estímulo y un acicate, su sinceridad  conduce a descubrir  “insospechadas potencialidades  del ser.

   Por lo demás, varios de entre los principales positivistas  ven con simpatía su empresa.  Ezequiel  A. Chávez, subsecretario de instrucción pública los apoya. Porfirio Parra preside (y aplaude)  los cursos de Caso sobre positivismo y metafísica. Pablo Macedo costea la edición de la serie inaugural de conferencias del Ateneo de la Juventud.

d).-  La “revolución moral” de los ateneístas se organiza en derredor de una idea abstracta: el  heroísmo –  dice Maurice Blanchet –  es el don ambiguo que nos hace la literatura antes de haber tomado conciencia  de si misma. Ese “don ambiguo” en los primeros años del siglo, asume una visión distante  y abstracta  del pueblo y le atribuye  como característica la hazaña y la poesía.  En agosto de 1910 concluye Alfonso Reyes:

               Porque sólo  se unifican los pueblos para la cohesión admirable de la historia, cuando han acertado a concretar todos sus aspectos y sus aspiraciones vitales en algún héroe y todas sus exaltaciones internas, todo el vaho  de idealidad  que flota sobre la colectividad humana,  en las tablas de sentir y pensar que dictan sus poetas.

La obsesión es latinoamericana y la define José Enrique Rodó en Ariel  (“Ayúdate de la soledad y del silencio”) .   La tarea del hombre de letras  – con su alma escrita y su poesía, sus discursos, su cátedra –  es también heroica , en pugna con el conformismo, la manía empirista, el ídolo de la ciencia. El heroísmo es el hallazgo de la vocación y la vocación es descender  a lo profundo del yo  (según la leyenda, el ateneísta Ricardo Gómez Robelo  traduce a  Elizabeth Barrett Browning  en los campamentos revolucionarios). El heroísmo es la vivencia obsesiva del arte  (lecturas de Ruskin, Pater, Oscar Wilde, Winckelmann ) lo que no obsta para el anti intelectualismo de Vasconcelos o Guzmán.

« Artículos anteriores

RSS Feed